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"Tengo 44 años y me he dado cuenta de que hace años que no me ilusiona nada, no porque mi vida esté vacía, sino porque la he dedicado a orquestar la felicidad de los demás"

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"Tengo 44 años y me he dado cuenta de que hace años que no me ilusiona nada, no porque mi vida esté vacía, sino porque la he dedicado a orquestar la felicidad de los demás"

Imagen: Clarín · Ver original

La revelación llegó mientras ordenaba el garaje antes de la visita de su suegra. Llevaba dos horas acomodando herramientas y organizando cajas para que todo estuviera perfecto cuando se hizo una pregunta inesperada: ¿cuándo había sido la última vez que hizo algo simplemente porque le entusiasmaba?

Esa reflexión lo llevó a una conclusión que resume así: "Tengo 44 años y me he dado cuenta de que hace años que no me ilusiona nada, no porque mi vida esté vacía, sino porque la he dedicado a orquestar la felicidad de los demás".

A los 44 años llevaba una vida estable. Era la persona que recordaba los compromisos familiares, organizaba las vacaciones, resolvía problemas y anticipaba las necesidades de quienes lo rodeaban.

Sin embargo, al revisar sus decisiones recientes advirtió un patrón. El último viaje había sido planificado pensando en los gustos de su esposa; las actividades que realizaba habían surgido por sugerencias de otras personas y hasta había retomado la lectura porque un familiar le dijo que le haría bien.

No se trataba de manipulación, sino de un hábito adquirido: había dejado de preguntarse qué quería él.

Con los años desarrolló una habilidad para prever cómo sus decisiones afectarían a familiares y amigos. Antes de elegir cualquier actividad se preguntaba quién podía verse beneficiado o perjudicado.

El problema era que la pregunta "¿qué quiero yo?" había desaparecido casi por completo.

Según la psicóloga Kristin Neff, de la Universidad de Texas, las personas que reprimen de manera constante sus propias necesidades para priorizar las de los demás pueden desarrollar lo que denomina "altruismo patológico": una forma de ayudar que termina generando desgaste emocional en lugar de bienestar.

En la misma línea, investigaciones del psicólogo Tim Kasser, publicadas en el Journal of Personality and Social Psychology, indican que dedicar demasiada energía a gestionar las emociones ajenas puede hacer que las personas pierdan contacto con sus propias motivaciones.

El cambio comenzó gracias a una conversación con su tío de 72 años, quien le contó que había empezado a aprender guitarra a los 68 simplemente porque sintió curiosidad al escuchar una canción.

Aquella respuesta lo hizo pensar. No recordaba la última vez que había iniciado un proyecto sin analizar antes si interfería con los planes de los demás o si suponía una molestia para alguien.

Comprendió entonces que llevaba demasiado tiempo posponiendo sus propios intereses porque siempre encontraba una razón para priorizar las necesidades ajenas.

Los especialistas explican que cuidar a los demás no implica abandonar los propios deseos. Mantener espacios personales, desarrollar hobbies o aprender algo nuevo favorece el bienestar emocional y fortalece la autoestima.

Para este hombre de 44 años, recuperar la ilusión no significa dejar de ser considerado con quienes lo rodean, sino volver a escuchar aquello que despierta su curiosidad. Después de años organizando la felicidad de los demás, descubrió que reservar un lugar para la propia también forma parte de una vida equilibrada.

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