Acuérdense de Messi
Imagen: La Nación · Ver original
Al título de esta nota cabría ponerle un asterisco o algún otro recurso de los que sirven como llamado de atención para quien lee. El símbolo buscaría aclarar que el texto que sigue es la continuación de uno muy anterior, escrito en octubre de 2013 y publicado en un diario español 48 horas después de un clásico Barcelona-Real Madrid que ganó el conjunto catalán en el Camp Nou. El 2-1 final tuvo goles de Neymar, Alexis Sánchez y Jesé, pero sobre todo, contó con una actuación “extraña” del 10 argentino que escapaba a sus registros habituales. No tanto por su ineficacia frente al arco -falló un mano a mano muy favorable frente al arquero Diego López- como por su actitud, menos combativa de lo habitual, menos comprometida con el juego y desde ya, mucho menos trascendente en el desarrollo del partido.
Por entonces, había pocas aficiones en el mundo más felices que la del Barça, acostumbrada desde hacía siete años a las maravillas que semana tras semana ofrecía el crack rosarino para que la sala de trofeos del club se enriqueciera con una colección de copas mayor a la de todo el resto de su prolífica historia. La nota escrita en 2013, sin embargo, poseía un título llamativo, Olvídense de Messi, y planteaba algo semejante a un consejo hacia los hinchas blaugranas, una recomendación curiosa, amable y en cierto punto arriesgada, teniendo en cuenta que solo se llevaban disputadas 10 fechas de la Liga española. Promovido por el clásico, el artículo contenía dosis semejantes de observación, suposición e intuición del cronista y planteaba que, tal vez, llegar a punto a la cita brasileña podía ser el principal y casi único objetivo del genio surgido de la canchita del modesto club Grandoli.
Pero aquel año había arrancado torcido para Messi. Nunca antes había padecido una sucesión de lesiones musculares como en 2013, y le ocurría justo en una temporada destinada a finalizar con el más codiciado de los premios: la posibilidad de levantar la Copa del Mundo en el Maracaná. Sus gestos y su rendimiento contrastaban con los 233 goles y 81 asistencias que había sumado en los cuatro años anteriores, cuando su duelo con Cristiano Ronaldo se encontraba en pleno auge, y cada partido empezó a tomar características de examen.
Pasaron casi 13 años y demasiadas cosas han cambiado. Aquel Messi callado, hosco, que apenas daba señales de lo que pasaba por su cabeza es hoy un hombre abierto, locuaz, que no esconde ni sus sentimientos ni sus emociones, que transmite seguridad en sí mismo y se transformó en líder, que dice lo que piensa y ya no se calla, que actúa de acuerdo con sus criterios, ajeno a las opiniones de los demás. Sin embargo, y como en esos ya lejanos tiempos, a pocas horas de disputar su tercera final mundialista y con 39 años recién cumplidos, poca, muy poca gente puede afirmar con total certeza que el universo futbolístico estará ante una función de despedida, como mínimo de los grandes escenarios. Y para los argentinos, que esa función pueda ser el adiós a su fabulosa trayectoria con la camiseta celeste y blanca de la selección.
Desde ya, no se trata de dejarse invadir por la nostalgia antes de tiempo, mucho menos cuando espera una final que vale una Copa del Mundo, pero hasta el nombre de los botines, El Último Tango, que la marca de las tres tiras le diseñó para la ocasión, señalan que el cierre de una etapa inigualable está demasiado cerca y juguetear con la memoria parece un ejercicio inevitable.
Los sitios de estadísticas ofrecen cifras para todos los gustos y todos los récords, pero quizás lo más interesante cuando llegue el momento del recuerdo, será todo lo que el futbolista más grande de todos los tiempos ha ofrecido fuera del campo de juego. Por ejemplo, el significado de la identidad, del amor por las raíces, la escuela, el barrio y los primeros amigos. Ese capital intangible que se prende de la piel y circula por las arterias con tanta fuerza como para que un pibe de 13 años que se ve obligado a migrar casi en soledad a una ciudad a 10.000 kilómetros de su casa no pierda nunca ni el acento ni los vínculos ni la cercanía a lo que considera suyo.
La identidad fue el valor que condujo a aquel chico de pocas palabras hacia nuestras orillas en lugar de aceptar la tentación del fútbol mejor organizado que tenía a mano y le abría sus brazos. Es a la potencia de esas raíces que los argentinos le debemos las alegrías de un último lustro que puso en evidencia a los muchos -demasiados- que confundieron timidez con desaprensión y que, aferrados a los resultados que no se daban, lo señalaban con dedos acusadores por no cantar el himno, o no pudieron apreciar el esfuerzo de cruzar una y mil veces el océano para defender los colores soñados desde chico.
Cuando El Último Tango sean algo más que un par de botines llegará el momento de poner en su justo término virtudes como la perseverancia, la resiliencia, el espíritu de lucha y la rebeldía contra las circunstancias adversas. También, de guardar en el portaequipajes de la vida la felicidad infantil de querer jugar, por encima de los millones, de los elogios y de las idolatrías; y de querer mejorar día tras día, con las herramientas del talento que se traigan de fábrica y con las que se vayan adquiriendo a través de los años y los aprendizajes para que los triunfos sean una consecuencia más que un propósito. Sin dejar de acomodar en algún bolsillo aquello que tenga que ver con la seriedad profesional, la responsabilidad de cuidarse a sí mismo, como método de educar con el ejemplo a todo aquél que sepa observar con atención.
La memoria, en todo caso, tendrá siempre espacios disponibles para el Messi de las gambetas inverosímiles, los controles alucinantes, los remates milimétricos, los pases invisibles para el común de los mortales, y los más de 900 gritos de gol tan genuinos, espontáneos y salidos desde lo más profundo de las entrañas como los que surgen cualquier tarde de domingo en las tribunas, los potreros, los campitos y las canchas de todos los rincones de la Argentina.
La final del mundo contra España, tal vez, marque el cierre de una etapa maravillosa, e inevitablemente, el inicio de otra nueva a la cual el tiempo le pondrá los adjetivos que merezca. Mientras tanto, y a la espera de que el protagonista confirme su futuro a corto y mediano plazo, quizás no haya mejor recomendación que acordarse cada día de quién es y qué hizo por el fútbol un genio llamado Lionel Messi.
Y aunque sea mucho menos importante, vale una última aclaración: el asterisco que cabría ponerle al título de esta nota sirve para indicar que su autor es el mismo que escribió la original de 2013.
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