Alerta uruguayos: los pobres se compran Coca y celulares "con la nuestra"

Imagen: El Observador · Ver original
Una tarde de hace mil años, en una 18 de julio siempre desangelada, un niño de unos 10 años me pidió una moneda “para comer”. Se la di, hice unos trámites y, a la vuelta, lo vi jugando en una maquinita en unos de esos locales que por entonces funcionaban en la avenida.
Entré, le pregunté por qué me había mentido y me quedó mirando sin decir nada mientras la bola del flipper se le perdía en las entrañas de la máquina. Me fui enojado. Hasta hoy el recuerdo de aquel acto miserable me persigue, porque ¿qué otra cosa mejor que jugar puede hacer un niño al que se le da una moneda? ¿quién me creía yo para administrarle la felicidad o decidir que el hambre le quitaba el derecho al juego?
Preguntas que me siguen dando vueltas cuando por estos días se discute en el Parlamento, en el marco de la Rendición de Cuentas, una iniciativa del gobierno que supone darle $10 mil por hijo a las madres de los sectores más pobres. Desde enero de 2027 las transferencias monetarias que reciben los menores se unificarán en una asignación de cobro mensual. Quienes ya reciben beneficios no dejan de recibirlos, pero se unifican las Tarjeta Uruguay Social, las Asignaciones Familiares y el bono crianza.
Y, aquí radica el escándalo, no se verán obligadas a comprar alimentos con una tarjeta que limita sus deseos, sino que podrán consumir lo que se les venga en gana.
No importa que estudios académicos revelen que quienes reciben estas asignaciones las gasten mayormente en aquellos artículos para la que hoy están restringidas (alimentación, higiene personal, limpieza del hogar, vestimenta y supergás).
La indignación de muchos de los uruguayos ante la nueva propuesta se expresó por boca del senador colorado Pedro Bordaberry quien, sin evidencia y generalizando, advirtió sobre el comportamiento de los pobres beneficiados por el Estado: “¿Con esto saben qué hacen? Cobran la transferencia para los niños y se compran un celular nuevo, se van a gastarla vaya a saber en qué, en lo que no se tiene que gastar; con la tarjeta, si quieren comprarse una botella de vino o de whisky no pueden hacerlo. Pero si le damos dinero se lo gastan en lo que quieran”.
En esa deriva lo acompañó un tuit de la senadora nacionalista Graciela Bianchi: “La gente que trabaja, estudia y PAGA IMPUESTOS NO ADMITE más transferencias monetarias y bancar gente que ya es por lo menos la tercera generación que viven del ESTADO. Se toma agua, no Coca Cola”.
El diputado colorado Gabriel Gurméndez escribió en esa línea: “No se garantiza que el dinero va para la alimentación o salud del niño. Puede terminar en cigarros, cajas de vino o algo peor”.
“Puede terminar en una necesidad pero también en una boca de drogas”, advirtió Álvaro Perrone de Cabildo Abierto.
Bordaberry, Gurméndez, Bianchi y Perrone no están solo en esta mirada. Representa a muchos, a muchísimos uruguayos de todos los partidos, de todas las ideologías. Estos políticos leyeron el código de barras del alma de muchos ciudadanos ese que dice: “si quieren comprarse un celular o una Coca Cola que vayan a trabajar, que no se lo compren con mi plata; con la mía, no”.
No importa que “con la mía” se solventen, entre otras cosas, las partidas especiales que reciben los legisladores y que no sabemos a dónde van a parar. No es secreto el caso de parlamentarios que se encanutan plata de viáticos de los que no se les pide cuenta. Los mismos que, cuando existía la partida de prensa, compraban un solo diario para toda la bancada para gastarse el resto en "vaya a saber qué cosa".
Pero, ¿a quién se le ocurre ir a revisarle la heladera o el placar a un parlamentario?
Sin embargo, a los habitantes de los márgenes le damos $10 mil y se los escaneamos sin piedad, no vaya a ser que se paguen un boleto de ómnibus o, qué descaro, se compren un celular para comunicarse vaya a saber con quién, pudiendo usar la telepatía o las señales de humo que salen tan baratas.
Le exigimos al marginado una pureza de comportamiento que no le exigimos a casi nadie. No nos entra en la cabeza que el dinero que el Estado transfiere no es un favor piadoso, es una necesidad en una sociedad que no ofrece ni techo, ni trabajo, ni comida para todos.
Aquel niño de las maquinitas de 18 de julio hoy debe ser un hombre, si es que la calle no se lo tragó antes. Ahora se le exige que no gaste las monedas del Estado en nada que no sea un plato de comida.
Que no se le ocurra comprar un juguete o tomarse un taxi en un apuro si no quiere correr el riesgo de que suene la chicharra de la tobillera electrónica imaginaria que le ha puesto la sociedad.
Que sepa que habrá una banda de políticos y de simples uruguayos que los estarán mirando con un amenazante telescopio para saber si ese vaso contiene vino, algún tipo de refresco o el agua que los guardianes de la pureza le tienen permitida. Lamentable, impiadoso y, sobre todo, muy triste.




