Astronautas e imágenes ocultas: volver al origen para imaginar el futuro, en Villa Crespo

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¿Qué tienen en común una pintora argentina que, en plena Guerra Fría, imaginó astronautas, seres mutantes y paisajes cósmicos, y una artista contemporánea que vuelve sobre una de las imágenes más célebres de la historia del arte? Las exposiciones Futuro acontecer, dedicada a Raquel Forner, con curaduría de Larisa Zmud, y El origen del mundo, de Jazmín López, con curaduría de Sofía Dourron, encuentran en las salas de la galería Ruth Benzacar un inesperado punto de contacto.
Ambas exploran el modo en que las imágenes modelan nuestra comprensión del mundo. En un caso, la imaginación se proyecta hacia el futuro; en el otro, vuelve sobre una obra canónica para interrogar su historia, su circulación y las formas en que continúa condicionando nuestra manera de mirar.
Décadas antes de que conceptos clave como inteligencia artificial, crisis ecológica o ciencia ficción feminista ocuparan el centro de las discusiones contemporáneas, Forner (1902-1988) ya imaginaba un universo poblado por seres híbridos, astronautas y paisajes galácticos. Esa faceta visionaria de una de las artistas fundamentales del arte argentino es el eje de Futuro acontecer, una exposición que reúne óleos y dibujos realizados entre 1971 y 1987, pertenecientes al acervo de la Fundación Forner-Bigatti.
La muestra propone releer las célebres series espaciales de la artista a la luz de preguntas que hoy resultan ineludibles. Cuando la carrera espacial transformó para siempre la manera de pensar el lugar del hombre en el universo, Forner encontró allí un nuevo territorio para imaginar nuevas formas de existencia. Hoy, esa producción dialoga con debates contemporáneos sobre la tecnología, la ecología, el futuro y los límites de lo humano.
El lanzamiento del Sputnik, en 1957, marcó un punto de inflexión en la trayectoria de la artista. A partir de ese momento construyó una potente mitología: comenzó a poblar sus telas con criaturas mutantes, figuras cósmicas y mundos de colores vibrantes, alejándose del drama social que había marcado buena parte de su obra anterior. El regreso de los astronautas (1969) fue adquirida por el Museo de Arte de la NASA, integrando la colección permanente de la agencia aeroespacial norteamericana, exhibida en el Smithsonian National Air and Space Museum (Washington DC).
Tres años antes de su muerte, la propia artista explicaba el origen de ese giro: “Me impactó profundamente el hecho de que el hombre, en su eterna inquietud, en su afán de verdad, intentara dejar la Tierra en busca de otros mundos, de otras posibilidades de vida, en busca de respuesta a la pregunta sin respuesta”.
Figura central del arte argentino del siglo XX, obtuvo un amplio reconocimiento internacional. Participó en la Bienal de Venecia de 1958 y fue invitada de honor a la Bienal de San Pablo, en 1961. Había iniciado su carrera con obras marcadas por los conflictos políticos y sociales de su tiempo. La Guerra Civil Española dejó una huella indeleble en su producción de los años treinta. Décadas más tarde, esa preocupación por el destino de la humanidad se trasladó del campo de batalla al espacio exterior.
La obra de Forner revela una capacidad poco frecuente para anticipar imaginarios que décadas más tarde cobrarían nueva vigencia. Sus personajes siguen invitando a pensar el futuro como territorio abierto, incierto. Un enigma a desentrañar.
Si la obra de Forner imagina futuros posibles, López vuelve sobre una imagen del pasado para preguntarse por su vigencia. El origen del mundo toma como punto de partida la célebre pintura realizada por Gustave Courbet en 1866.
La instalación incluye una serie de collages (con imágenes, entre otras, de pinturas de Caravaggio, Rembrandt, Velazquez, Tiziano y Courbet extraídas de libros de arte; hay fotos de Lacan, de manuales de medicina y de revistas porno) y un video de diez minutos filmado en un único plano secuencia. Frente a la cámara, una modelo recrea la posición de la mujer retratada por Courbet, cuyo pubis aparece en primer plano. Durante varios minutos parece inmóvil. Al tiempo, es posible percibir su tenue respiración que revela que se trata de un cuerpo vivo. Ese mínimo movimiento basta para transformar una de las pinturas más conocidas de la historia del arte en una experiencia marcada por el tiempo, la espera y la presencia física.
Desde su realización, El origen del mundo, obra de composición radical, condensa una historia apasionante. Sus sucesivos propietarios no la exhibieron públicamente. Encargada por el diplomático otomano Khalil Bey, la pintura permaneció durante décadas oculta. Primero fue escondida detrás de un velo y más tarde detrás de un panel. Tras desaparecer de la colección Hatvany, en Budapest, durante la Segunda Guerra Mundial, reapareció en París, donde fue adquirida por un coleccionista anónimo.
Años después ingresó a la colección del psicoanalista Jacques Lacan, quien tampoco la exhibió. Para ocultarla usó un panel corredizo que al deslizarse dejaba ver el original. Recién en 1995 pasó a integrar la colección del Museo de Orsay, después de que el Estado francés la aceptara como pago del impuesto sucesorio de los herederos de Lacan.
“Si seguimos la interpretación de Linda Nochlin, la obra, ante todo, cristaliza una estructura de poder naturalizada e institucionalizada por el arte occidental que permanece vigente hasta hoy. Al despojar a la figura femenina de un rostro, Courbet le niega identidad y subjetividad, y la reduce a objeto pasivo de contemplación para un espectador implícitamente masculino y un pintor, claro, está siempre activo”, dice la curadora.
El recorrido para llegar a la sala altera el acceso habitual a la galería: conduce al visitante por oficinas y espacios de trabajo antes de llegar a la sala de exhibición. Así como la pintura de Courbet permaneció durante décadas detrás de distintas capas de ocultamiento, el espectador debe atravesar un espacio normalmente vedado antes de encontrarse con la obra.
López desplaza la atención hacia las condiciones que determinan qué imágenes se muestran, cuáles permanecen ocultas y de qué manera circulan: la obra pone el eje en los dispositivos culturales, institucionales e históricos que moldean la mirada. La muestra revisa los modos en que los cuerpos femeninos han sido históricamente representados y sometidos a distintos “regímenes de visibilidad”.
Futuro acontecer y El origen del mundo, hasta el 29 de agosto en Ruth Benzacar (Juan Ramírez de Velasco 1287), de martes a sábado de 14 a 19





