Demasiadas trabas para las empresas

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Una empresa global con base en los Países Bajos, TFM Group, elabora anualmente un ranking de 81 países en función del nivel de complejidad que una empresa debe afrontar para establecerse, operar y expandir negocios en un mercado, a partir de 292 indicadores, organizados en categorías como contabilidad e impuestos, requerimientos legales y regulación laboral. Junto con Grecia, México, Brasil, Francia, Turquía, Colombia, Bolivia, Italia y Perú, la Argentina pasó a ocupar el noveno lugar en el grupo de los diez países más complejos, cuando hasta aquí estaba en la onceava posición. Seis de los 18 países latinoamericanos evaluados comparten el triste podio.
El ingreso de la Argentina y Perú al top 10 del ranking 2026 se dio en simultáneo con la salida de Kazajistán y China continental del complicado grupo. Los avances en la Argentina no alcanzaron aún para alejarnos de las peores ubicaciones en el Índice Global de Complejidad Corporativa (GBCI), un punto clave de referencia para organizaciones que evalúan nuevos mercados o gestionan operaciones en múltiples jurisdicciones.
Es indudable que el costo operativo de funcionar dentro de un marco regulatorio tan embrollado como cambiante se paga caro, máxime en un entorno apenas parcialmente digitalizado, con una presión fiscal fenomenal y una sobrecarga de trámites burocráticos que la proyectada ley hojarasca aún no ha podido desactivar. El rígido entorno normativo y la volatilidad económica agravan el cuadro y no favorecen el clima de inversión para las compañías que exploran el mercado local.
Jorge Sodano, Country Head para la Argentina, Chile, Paraguay y Uruguay de TMF Group, reconoce que la Argentina transita un tiempo de transformaciones profundas impulsadas por el Gobierno, que contemplan mayor desregulación, apertura cambiaria y simplificación administrativa, entre otras variables, augurando un futuro de mayor previsibilidad y competencia para quienes elijan operar en nuestro mercado.
Negocios no es lo mismo que negociados. Lamentablemente, por décadas, nuestro país viene demostrando tener una enorme capacidad para lo segundo, al tiempo que no ha sabido ofrecer las mejores condiciones para lo primero.
Soñar con un país distinto implica no solo avanzar con las reformas estructurales necesarias, sino admitir también que nuestro pasado es una responsabilidad compartida por todos, inmersos como estamos en una crisis que no es únicamente económica sino sobre todo moral e institucional. Como planteamos con frecuencia desde este espacio editorial, la gravedad del diagnóstico demanda una toma de conciencia colectiva que marque el ritmo de los cambios por introducir, despertando el clima de confianza que la actividad económica requiere.
Una tan demorada como resistida modernización laboral hoy en marcha, sumada a las reformas fiscal y previsional, que involucren a todas las provincias en la reducción del gasto, con imprescindibles cambios también en los términos de la coparticipación, son condición sine qua non para la transformación que necesitamos. Nada más escaso que el tiempo. Nada más necesario que la confianza. Debemos lograr que la Argentina se convierta en un imán para los negocios y si bien es mucho lo que el actual gobierno ha hecho en este sentido es mucho lo que aún queda por hacer como lo indica el ranking comentado.





