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El mensaje de Lionel Scaloni que invita a reflexionar sobre la resiliencia, la frustración y el saber perder

·Marina Mammoliti
Lionel Scaloni, entrenador de Argentina, tras perder la final ante España en el Mundial 2026.

Lionel Scaloni, entrenador de Argentina, tras perder la final ante España en el Mundial 2026. · Imagen: El País · Ver original

Ayer los argentinos perdimos una copa, pero siento que igual ganamos. La Selección Argentina demostró que el verdadero valor está en el trabajo colectivo que se hace con compromiso y pasión. Lionel Scaloni dejó un mensaje que resonará en todo el mundo: “Somos grandes en la victoria y tenemos que ser grandes en la derrota. Estamos demostrando hoy que sabemos perder. El partido lo perdimos y asumimos las cosas, pero no por eso vamos a dejar de acordarnos de todo lo que hicimos para llegar acá”.

La grandeza no está en ganar siempre. La verdadera grandeza está en tener la humildad suficiente para perder y el coraje necesario para volver a intentarlo, una y otra vez. Junto a la generosidad para sostenernos, sabiendo que nadie llega solo a ninguna parte.

En un mundo exitista, que los argentinos vuelvan a salir a las calles con banderas y cantos de agradecimiento, demuestra que la trayectoria de este grupo trasciende cualquier resultado final. Y que la guía positiva de su técnico también puede ser determinante.

El pueblo argentino aprendió a reconocer el triunfo en el proceso. Aceptar que los goles que no logramos, aunque nos duelen, no nos determinan. Logramos un triunfo menos visible, pero quizás más profundo. Porque las copas son geniales, pero los valores son los que permanecen. Se encarnan. Y si algo nos enseñó esta Selección es que la grandeza no depende exclusivamente de ganar. A veces la verdadera victoria está en dejar una marca que sobreviva al resultado.

Sin embargo, no niego que el dolor se siente por las expectativas que dejamos en el camino. Pero es un dolor que transita distinto cuando estamos en comunidad: el dolor compartido se regula mejor.

Los seres humanos regulamos nuestras emociones en vínculo con otros. Cuando una pérdida es compartida, aparece la sensación de pertenencia. La frustración deja de ser vivida como una herida individual, y se transforma en una historia común. Necesitamos experiencias colectivas que nos recuerden que no estamos solos. Por eso los rituales compartidos generan sincronía emocional y se fortalece la identidad común.

El problema del exitismo es que nos impide ver todo eso. Nos hace creer que, si no hay copa, no hay nada. Y la experiencia humana es mucho más compleja que una estadística.

Las victorias enseñan a celebrar, pero las derrotas nos hacen crecer: aparece la capacidad de tolerar la frustración y sostener la valoración por el camino recorrido a pesar de la incomodidad. También aparece la capacidad de ser resilientes. El dolor no paraliza; en cambio, nos obliga a levantarnos de nuevo con nuevas herramientas emocionales.

El legado de esta Copa del Mundo quizás nos demuestre que los triunfos más importantes no siempre se pueden medir en títulos. Perdimos una final, pero conservamos lo más valioso: seguimos unidos, sintiendo orgullo, gratitud y pertenencia.

La verdadera victoria no la encuentro en ganar siempre, sino en que ninguna derrota nos quite la capacidad de emocionarnos y seguir intentándolo, encontrando belleza en el camino recorrido.

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