La localidad con alcurnia y apellidos vascos que está ligada a Jorge Luis Borges

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Al sur de la provincia de Buenos Aires tiene edificaciones elegantes y mucha historia
Aristocrática y señorial, Coronel Suárez despliega toda su gallardía de arranque. Entramos por el bulevar Hipólito Yrigoyen que, después del Monumento a la Bandera, se llama Adolfo Alsina, y avanza entre casas de estilo francés e italianizante muy bien conservadas. Entre ellas está lo que alguna vez fue la casa de la familia Lusarreta, levantada en 1926. Ahora es La Casa Hotel Boutique. Y nos aloja en esta tierra que, además de granos y cereales, exporta polistas –y de primerísimo nivel–. De esto charlamos con Iñaki Etcheverry, director de Turismo de la ciudad, que tiene nombre, apellido y ancestros vascos, como tantos otros por estos pagos del sur de la provincia de Buenos Aires.
Coronel Suárez se llama así por un militar, Manuel Isidoro Suárez, que nunca estuvo ni pasó por la localidad. El 6 de agosto de 1824 venció en la batalla de Junín –clave de las guerras de la independencia– y, en su honor, se celebra la fiesta y se rebautizó al pueblo en 1883. Un monumento lo recuerda en la plaza San Martín, diseñada por Carlos Thays, y también lo recuerdan varios poemas de Jorge Luis Borges, su célebre bisnieto.
En 1871, lo que ahora es la ciudad era el fortín San Martín. Luego se llamó Sauce Corto y pasó a ser una concesión de 300.000 hectáreas que abarcaba lo que hoy es Coronel Suárez, Pigüé, Saavedra y Coronel Pringles. Le fue entregada al coronel Ángel Plaza Montero en agradecimiento por su servicio en el Ejército. Eso sí, había requisitos: alambrar, apostar a la ganadería y fundar colonias. “Entonces apareció la figura de Eduardo Casey, que durante años fue considerado, por error, el fundador de Suárez”, desliza Máximo Abot, guía del municipio.
Relata que el distrito se creó por ley el 10 de julio de 1882 cuando Dardo Rocha era el gobernador de la provincia. En ese entonces, Casey aceptó las tierras que le cedió Plaza Montero –ya anciano y cansado– y cumplió con los requisitos. Se afincaron galeses, italianos, israelitas y, sobre todo, vascos. Además, impulsó la llegada de los alemanes del Volga que estaban en Colonia Hinojo y Colonia San Miguel, en Olavarría, gracias a que en 1889 se hizo la traza definitiva del Ferrocarril del Sud –hoy, línea Roca–, cuyo tren de pasajeros funcionó hasta el 2023.
Si hablamos de monumentos, la ciudad tiene el Mástil Patrio del artista Antonio Bagué, financiado por “un grupo de vecinos notables” en 1935. Tal vez lo más monumental sea el actual edificio de la municipalidad, de estilo neoclásico, que nació como casa de campo de Casey y en 1885 fue donado al municipio. Frente a la plaza San Martín también está la parroquia Nuestra Señora del Carmen (1903). Mientras el bulevar Alsina es una arteria central y elegante, la calle comercial es Mitre. Además, está la Biblioteca Popular Sarmiento, que a principios del siglo pasado era el templo masónico de la Logia Abnegación.
Más allá del campo y el polo –con el gran ganador Coronel Suárez Polo Club–, Suárez tiene una papelera, y hasta hace poco tenía una gran fábrica de zapatillas. También ofrece muy buena orfebrería. Uno de sus exponentes es El Orfebre, de los hermanos Fernando y Federico Pérez Dill. Ellos me invitan a pasar al taller y me muestran la granalla, una plata 1.000 que trabajan con cobre para obtener plata 925. “Sería muy difícil manipularla pura porque queda muy blanda”, aclaran. También tienen alpaca, que compran por plancha y moldean en un laminador. Se dedican al arte gauchesco –cuchillos, mates y hebillas de cinturón– y a la joyería fina.
Otro clásico son los Alfajores Isidoro, de Alan Calles y Tomás Aguirre, que derivaron de los originales Don Eliseo, del abuelo de Alan. Venden de avellanas, moka, mousse de chocolate y algunos más. Bien en la tendencia, Penguin Coffee, de Iván Mulvihill, ofrece café de especialidad de primera calidad. El dueño de casa es Q-Grader (catador certificado) y de su fisonomía tomó, con humor, el nombre de la marca. Tuesta diferentes variedades, mayormente provenientes de Perú. Suarense, empezó el negocio cuando estudiaba Economía en Buenos Aires, utilizando una tostadora chica comprada por AliExpress. Pronto se entusiasmó y dejó su trabajo en big data para dedicarse a vender café de especialidad por la web. Una vez armado el proyecto, volvió a vivir a su ciudad y montó el tostadero que hoy funciona detrás de la cafetería.
A un par de kilómetros de Coronel Suárez, personaje entrañable de estos pagos, Mercedes Resch es motor y guardiana del progreso de Cura Malal. A 20 minutos del centro de la ciudad, el paraje tiene 100 habitantes, la capilla del Perpetuo Socorro (1945), una escuela y un antiguo almacén que ahora es su boliche, su hogar y taller de artes plásticas. En La Tranca, Mercedes propicia encuentros desde 2009 y alimenta el espíritu todos los viernes, desde la caída del sol. A nosotros nos reserva una mesa que, cuando llegamos, une a la de un grupo de músicos del Patio Peñero de General La Madrid. Sin apuro, la charla toma forma y se diluye entre el guiso de lentejas, una zamba y las palmas (coordinadas y no tanto).
Para disfrutar del contacto con la naturaleza, Villa La Arcadia está a 102 kilómetros de Coronel Suárez. Es una villa serrana que invita a ascender a pie, en media hora y sin demasiado esfuerzo, a la cima del cerro Ceferino (o cerro del Amor), desde donde se disfruta de vistas panorámicas del cerro Tres Picos, el más alto de la provincia. De noche, además, se pueden hacer experiencias de astroturismo. Otro sendero para destacar recorre la ribera del río Sauce Grande durante una hora y media, mientras que desde el balneario El Dique se puede salir en kayak y en botes a pedal, o hacer running o ciclismo por el circuito Peralta-Bonete, que es semicircular y tiene 32 kilómetros.





