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La Scaloneta y el valor de la esperanza

Imagen: Clarín · Ver original
Ya conocemos las bondades de La Scaloneta. Durante estos ocho años del ciclo liderado por Lionel Scaloni, esta selección nos mostró un camino que trasciende al fútbol y que puede representar una guía para nuestros trabajos, nuestras familias y nuestros vínculos.
Mucho se habló de la asertividad comunicacional del entrenador, de la solidaridad del equipo, de la inteligencia emocional, de la integración de los vínculos familiares, del clima de trabajo distendido que supieron construir. También de deportistas que dejaron de lado sus egos para disponerse al encuentro del otro, que ponen en palabras lo que sienten, que se acercan afectivamente, que se muestran como personas accesibles y humanas.
En un mundo deportivo regido por la búsqueda incesante de resultados, la selección albiceleste nos mostró que es posible alcanzar el máximo rendimiento sin renunciar al desarrollo personal. Ya no alcanza con pensar el fútbol únicamente desde la táctica, la técnica o el resultado. También es necesario detenerse en la persona, en sus vínculos, en sus emociones y en los contextos que hacen posible que un equipo florezca.
En este sentido, el fútbol también reclama una dosis de ternura y contemplación. Quizás por eso, detrás de los títulos logrados en los últimos años, esta selección también nos viene enseñando otra manera de entender el rendimiento.
En la era de la inmediatez, donde pareciera que todo debe resolverse rápido, el partido contra Egipto nos regaló, casi sin buscarlo, una lección más: el valor de la esperanza. La decisión de seguir buscando hasta el final, aun cuando todo parece indicar que ya no hay tiempo. No siempre esa búsqueda tendrá un desenlace victorioso.
Muchas veces el esfuerzo no alcanzará, el gol no llegará y el resultado será adverso. Pero hay algo profundamente valioso en no renunciar antes de tiempo. De hecho, aquí radica uno de los rasgos principales de los grandes deportistas, volver a intentarlo una y otra vez, incluso después del error. La verdadera fortaleza no consiste en no caer, sino en conservar la disposición para levantarse una vez más y seguir buscando aquello que todavía parece posible.
Vivimos en una época donde muchas veces confundimos esperanza con optimismo. La esperanza no consiste en creer que todo va a salir bien, sino en seguir actuando aun cuando no tenemos garantías de que eso ocurra. No espera pasivamente que las circunstancias cambien; decide involucrarse, hacer lo que depende de uno y permanecer abierto a lo que el futuro todavía puede ofrecer.
Es elegir no darse por vencido, sostener el compromiso hasta el último segundo y permanecer disponibles para aquello que todavía puede suceder. En definitiva, la esperanza no elimina la incertidumbre; nos enseña a convivir con ella sin dejar que nos paralice.
Quizás este haya sido otro regalo de la Scaloneta, recordarnos que, mientras haya tiempo, siempre vale la pena seguir buscando.
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