"Tengo 72 años y solía pensar que no tenía suficiente tiempo para ser quien quería ser, y ahora tengo más tiempo del que jamás imaginé y me doy cuenta de que no sé del todo quién es esa persona"

Imagen: Clarín · Ver original
Durante gran parte de su vida, una mujer creyó que la falta de tiempo era el único obstáculo que la separaba de la persona que soñaba convertirse. Sin embargo, al llegar a los 72 años y dejar atrás las obligaciones laborales y familiares, descubrió una realidad inesperada.
"Tengo 72 años y solía pensar que no tenía suficiente tiempo para ser quien quería ser, y ahora tengo más tiempo del que jamás imaginé y me doy cuenta de que no sé del todo quién es esa persona", resume en su testimonio.
La protagonista explica que durante décadas imaginó una versión futura de sí misma. Creía que, una vez que los hijos crecieran y llegara la jubilación, leería todos los libros pendientes, aprendería piano, pintaría, escribiría cartas largas, viajaría sin apuro y retomaría amistades que el ritmo cotidiano había relegado.
Esa imagen funcionó durante años como una promesa. Estaba convencida de que solo necesitaba disponer de más horas para convertirse en esa mujer que imaginaba. Cada etapa de la vida venía acompañada por la misma idea: cuando todo se calmara, finalmente podría dedicarse a sí misma.
Pero el escenario cambió cuando ese tiempo finalmente apareció. Sin horarios, reuniones ni responsabilidades urgentes, descubrió que la transformación que había esperado nunca llegó de manera automática. El piano seguía allí, algunos libros permanecían cerrados y muchas de aquellas metas habían perdido fuerza con el paso de los años.
Según relata, el verdadero desafío no era encontrar tiempo, sino comprender quién era ahora. La autora describe esa sensación como una desorientación que muchas personas experimentan al retirarse de la vida laboral, cuando desaparece la estructura diaria que durante décadas organizó sus jornadas.
Lejos de iniciar una reinvención espectacular, comenzó a valorar rutinas mucho más simples. Disfruta de caminatas largas, de tomar un segundo café caliente por la mañana, de asistir a los partidos de fútbol de su nieta y hasta de observar aves, una afición que jamás había imaginado desarrollar.
También descubrió un nuevo lugar dentro de su familia. Hoy es la persona que puede acompañar a un amigo a una consulta médica, cruzar la ciudad un martes cualquiera o ayudar cuando alguien necesita tiempo. Ninguna de esas actividades figuraba en la lista de sueños que había construido décadas atrás.
Con el paso de los meses comprendió que aquella imagen idealizada respondía a una necesidad propia de Cuando esa limitación desapareció, también cambiaron muchos de los deseos que había asociado con el futuro.
La reflexión concluye con una idea que contradice las expectativas que tenía a los 40 años. Entonces suponía que, al llegar a la vejez, tendría completamente definido quién era. Hoy sostiene que sigue descubriéndose y que ya no siente la presión de encontrar una respuesta definitiva.
En lugar de lamentarse por la persona que nunca llegó a ser, decidió aceptar que esa versión cumplió una función mientras atravesaba los años más exigentes de su vida. Ahora, asegura, prefiere concentrarse en la mujer que es en el presente y disfrutar de un tiempo que ya no necesita llenar con expectativas, sino vivir a su propio ritmo.
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