¡Bienvenidos al liberalismo!
El ministro de Economía, Gabriel Oddone, dijo la semana pasada en una reunión con empresarios algo que ningún jerarca del Frente Amplio se había animado a decir en público. Que el Estado debe jugar “un papel menos relevante” en la economía, que le sorprende la cantidad de empresarios que desfilan por su despacho a pedir algo específico para su rubro, tipo de cambio, combustibles, exoneraciones, subsidios, y que los invitaba “a pensar con más libertad y a pensar que el Estado les resuelve menos cosas que las que ustedes creen”.
Léalo de nuevo, porque no lo dijo un economista de la oposición ni un panelista libertario de moda de algún programa de televisión de la vecina orilla, lo dijo el ministro de Economía de un gobierno frentista. La fuerza política que durante medio siglo repitió que el mercado era la ley de la selva, que el Estado era el escudo de los débiles (refritando a Batlle), que cada problema nacional se arreglaba creando una oficina pública nueva, tiene hoy un ministro que recomienda a los privados arreglarse solos y desconfiar del paternalismo estatal.
Y hay más. En el debate sobre la unificación de las transferencias a los hogares más pobres que trae la Rendición de Cuentas, desde el propio oficialismo se defiende que el dinero se entregue sin condicionalidades, porque cada familia sabe mejor que nadie cómo gastar su plata, mejor desde luego que un burócrata sentado frente a un formulario en Montevideo.
El argumento es impecable, tan impecable que tiene autor y biblioteca. La idea de que nadie conoce mejor las necesidades de una persona que esa misma persona, y que por eso conviene darle dinero y libertad antes que vales, tutores y contrapartidas, es la piedra angular del pensamiento liberal, el mismo que el Frente Amplio caricaturizó durante décadas como “neoliberalismo salvaje” en cuanto acto, comité y congreso tuvo a mano. Friedman lo escribió hace sesenta años, ahora lo descubre el equipo económico. Bienvenidos al liberalismo, nunca es tarde.
Pero las ideas tienen consecuencias, y esta tiene unas cuantas. Si cada persona es la que mejor sabe gastar su propio dinero, el paso consecuente es evidente, cerrar las oficinas públicas que deciden por nosotros, bajar el gasto que financia a ese ejército de decisores ajenos, bajar los impuestos correspondientes, y dejar que cada uruguayo elija con su plata qué servicios contrata, qué emergencia médica, qué escuela para sus hijos, qué seguro para su vejez.
Porque el razonamiento no puede valer solamente para los primeros cinco deciles. Si el hogar más pobre del país administra su ingreso mejor que cualquier funcionario, cosa que compartimos, el trabajador de clase media también, y sin embargo a ese trabajador el Estado le retiene la mitad de lo que produce entre impuestos directos, indirectos y aportes, para devolvérselo en servicios que no eligió, que muchas veces no usa, y cuya calidad suele ser pésima.
No se puede sostener al mismo tiempo que la señora de Casavalle sabe gastar mejor que el burócrata y que el resto de los uruguayos necesita que ese mismo burócrata le administre la educación, la salud y la vivienda. O las personas son adultas o no lo son, la mayoría de edad no se otorga por decil, y si la libertad de elegir funciona para la transferencia de diez mil pesos, con más razón funciona para los cientos de miles que el Estado gasta por cada uno de nosotros todos los años sin consultarnos qué queremos.
Sospechamos, de todos modos, que el entusiasmo liberal del oficialismo tiene fecha de vencimiento y alcance selectivo. Cuando toque discutir los monopolios de ANCAP, las empresas públicas deficitarias, las tarifas que financian burocracias enteras o los sindicatos que gobiernan de hecho puertos, liceos y hospitales, volverán los viejos reflejos, ahí el Estado ya no jugará “un papel menos relevante”, ahí volverá a ser el escudo de los débiles que causalmente suele ser el disfraz de los grupos de presión mejor organizados y más dañinos que tiene el Uruguay.
Aun así, conviene tomar nota y guardar las citas. Que el ministro de Economía del Frente Amplio defienda públicamente el liberalismo económico es un triunfo cultural de quienes desde hace décadas defienden esos principios.
Lo que corresponde ahora es tomarle la palabra. Si el gobierno cree de verdad que la gente tiene el derecho de ser libre, que lo demuestre donde duele, en el tamaño del Estado, en el gasto y en los impuestos. Más que discursos, esperamos las propuestas concretas de Milton Oddone o Gabriel Friedman.




