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“Crié a mis hijos en los años 80 sin cascos, leyes sobre cinturones de seguridad ni una sola aplicación de seguimiento, y crecieron siendo más capaces que los niños a los que hoy nos da miedo perder de vista”

Imagen: Clarín · Ver original
Los cambios en las formas de crianza que se observan en la sociedad a través de los años afectaron muchas percepciones de presunta seguridad que había tiempo atrás; algunas incluso mutaron en la aparición de nuevos temores que antes no existían. Y así apareció un menú de riesgos para los hijos que, en los años 80, estaban fuera del radar de los padres.
A partir de esta premisa, un padre reflexiona sobre cómo educó a sus hijos hace más de cuatro décadas y por qué cree que algunas de las libertades de ese entonces favorecieron su desarrollo personal.
“Crié a mis hijos en los años 80 sin cascos, leyes sobre cinturones de seguridad ni una sola aplicación de seguimiento, y crecieron siendo más capaces que los niños a los que hoy nos da miedo perder de vista”. Con esa frase resume su experiencia. De todos modos, aclara que no propone volver atrás. El hombre invita a pensar si un mayor control que proveen las nuevas tecnologías y maneras de criar terminó reduciendo la independencia de los chicos.
El autor recuerda que sus hijos jugaban en la calle durante horas, recorrían el barrio en bicicleta y visitaban amigos sin que los adultos supieran en todo momento dónde estaban. La única condición que tenían en esos tiempos de libertades era regresar a casa a la hora acordada.
Según sostiene, esa independencia obligaba a los chicos a resolver problemas cotidianos, tomar decisiones y hacerse responsables de sus actos. Considera que esas experiencias fueron fundamentales para desarrollar confianza y capacidad para desenvolverse solos durante la adultez.
También aporta que hoy los teléfonos celulares y las aplicaciones permiten saber dónde están los chicos prácticamente en todo momento. A eso se suma una mayor exposición a noticias sobre hechos de inseguridad, lo que alimenta la percepción de que los riesgos son permanentes.
Para el autor, el nuevo escenario dominado por la tecnología -y mucha más información- favoreció una crianza mucho más supervisada. Aunque entiende las razones de esa preocupación, cree que controlar cada paso de los hijos puede transmitirles la idea de que el mundo es demasiado peligroso para actuar por su cuenta.
También sostiene que muchas situaciones que antes resolvían los propios chicos hoy suelen ser intervenidas rápidamente por los adultos, lo que les reduce a los menores las oportunidades para aprender de los errores. Esto sin contar que la irrupción de dispositivos tecnológicos y el espacio virtual como el lugar donde juegan, cultivan su amistad y gestionan los conflictos también introducen otra variable a las nuevas formas de crianza.
La reflexión también pone el foco en una habilidad que, según el autor, se fue perdiendo con el tiempo: la tolerancia a la frustración. Resolver un conflicto entre amigos, equivocarse al tomar una decisión o encontrar una solución sin ayuda inmediata eran situaciones habituales que, sostiene, contribuían a formar adultos más seguros y preparados para afrontar los desafíos cotidianos.
Especialistas en desarrollo infantil coinciden en que la autonomía se construye de manera gradual y que asignar responsabilidades acordes a cada edad ayuda a fortalecer la confianza y la capacidad para resolver problemas.
En ese sentido, el protagonista de esta historia concluye que la seguridad y la independencia no son conceptos incompatibles y que el desafío actual pasa por encontrar un equilibrio entre proteger a los hijos y permitirles desarrollar herramientas para enfrentar el mundo por sí mismos.
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