Crítica: "La Odisea" recupera una forma de hacer y ver cine en la película más accesible de Christopher Nolan

Matt Damon es Odiseo en LA Odisea · Imagen: El País · Ver original
Sacando a los dioses del Olimpo de la ecuación, Christopher Nolan lleva La odisea hacia su propio territorio: la convierte en la historia de un hombre atormentado por la culpa que debe encontrar el camino de regreso a casa. Eso, en cierta medida, la acerca a Oppenheimer, la oscarizada anterior película del británico, desplazando el centro del conflicto al interior de su protagonista y manteniendo, eso sí, las dimensiones épicas de Homero.
Impulsada por una campaña de marketing que hizo hincapié en su condición de acontecimiento, La odisea recupera también el linaje de las grandes superproducciones que Hollywood realizó en las décadas de 1950 y 1960 aprovechando el Cinemascope. Ahora ese espectáculo se llama IMAX. La experiencia, en Uruguay, queda reducida a formatos digitales o a una función diaria en 35 milímetros en Cinemateca Uruguaya. Ninguna de esas opciones alcanza la escala del IMAX, aunque eso no disminuye el porte del espectáculo.
La película sigue el poema en sus grandes líneas. Está el camino del héroe y la travesía de Odiseo (Matt Damon) desde la guerra de Troya hasta Ítaca y más allá, un viaje que le llevó veinte años, incluidos los diez del conflicto que terminó con el célebre caballo de madera entrando en la ciudad sitiada. Como la explosión de la bomba atómica en Oppenheimer, ese es el detonante que provoca su crisis.
En Ítaca lo esperan Penélope (Anne Hathaway), su hijo ya adulto, Telémaco (Tom Holland), y una corte de pretendientes que asedia a la reina, encabezada por Antínoo, interpretado por Robert Pattinson con una villanía que por momentos roza la parodia.
El trayecto de Odiseo —el prototipo del camino del héroe— está marcado por aventuras de las que sobrevive siempre huyendo. Allí están Polifemo, el cíclope; los lestrigones, y Circe, la bruja que Samantha Morton interpreta en una versión protofeminista.
Los cambios que introduce Nolan no alteran tanto el recorrido como el sentido del viaje. Desaparecen o se transforman, eso sí, personajes y situaciones de esa carrera de obstáculos que es La odisea.
Pero, a diferencia del poema, aquí el peso del relato no recae sobre el destino marcado por los dioses. La intervención divina se da por sentada y Zeus no participa ni para calmar la ira de Poseidón ni para que Calipso (Charlize Theron) lo deje partir a Odiseo tras una década de encantamiento amnésico alimentado con flores de loto. Los dioses parecen haber abandonado a Odiseo.
Esa elección “secular” atraviesa toda la película. La presencia de Damon, con su rostro de hombre común, humaniza al héroe. También la mayor participación de Penélope, más cercana a un personaje femenino shakespeariano que al lugar secundario que suele reservar la literatura griega para sus mujeres.
La película está dividida en episodios, aunque no respeta la estructura de cantos de Homero. Al estilo Nolan, entrelaza distintos planos temporales aunque es su película más lineal. Está lejos de los arabescos de El origen, Tenet o Interestelar, y es su estudio de personaje más clásico desde la trilogía de Batman.
Paradójicamente, todo su despliegue visual está al servicio de una historia esencialmente íntima. Lo mejor -o, al menos, lo más espectacular- aparece cuando Nolan se permite hacer una versión seria de Jason y los argonautas, como ocurre en el encuentro con Polifemo o en la persecución por el bosque con los lestrigones.
Imprime dramatismo a la entrada en Troya dentro del caballo de madera, el verdadero quiebre moral del personaje. La película muestra por primera vez ese episodio desde el interior del enorme equino, una perspectiva original de uno de los momentos más conocidos del mito.
Como ocurría en Oppenheimer, el verdadero conflicto es el regreso y la culpa. Odiseo está atormentado por haber quebrado la ley de Zeus al aprovechar la tradicional hospitalidad troyana, del mismo modo que Oppenheimer lo estaba por haber alterado el orden natural del mundo. Desde entonces, para ellos volver deja de ser una cuestión de distancia.
Así, el desenlace recuerda más al de Más corazón que odio, de John Ford, que se cierra con un portazo a un homérico John Wayne, que al del poema. El héroe consigue volver, pero el regreso ya no significa recuperar el lugar que dejó atrás. El triunfo no cancela la culpa e impide regresar verdaderamente a casa: Odiseo queda condenado a cargar con ella.
Con ese despliegue visual y técnico, Nolan devuelve a la pantalla una forma de espectáculo que parecía perdida. La insistencia en el formato gigante (que se destaca principalmente en lo paisajístico), la ambición del tema y la presencia de tantas estrellas dejan claro cuál es su apuesta.
Como estudio de personaje, sin embargo, Nolan parece haber llegado más lejos en la construcción de Oppenheimer que en la de este Odiseo, un personaje al que hace deliberadamente contemporáneo. Eso se advierte en el inglés urbano de los griegos y en actitudes más cercanas a la modernidad que a la tradición clásica.
La duración de poco menos de tres horas -en tiempos en que el promedio de tolerancia del público se redujo a poco más de noventa minutos- puede resultar excesiva. Quienes esperen una sucesión ininterrumpida de batallas -filmadas con más corrección que originalidad- quizás la encuentren demasiado dialogada.
Al desplazar a los dioses y convertir el destino en una cuestión de culpa, Nolan relee el poema como el drama de un hombre que intenta volver a casa y recuperar su vida. Al mismo tiempo, privilegia la experiencia del viaje, una elección coherente con su voluntad de recuperar la gran superproducción clásica. La épica permanece, así, intacta, en una película que celebra una forma de hacer (y ver) el cine.
La odisea * * * * Título original: The Odissey. Dirección y guion: Christopher Nolan, basado en Homero. Fotografía: Hoyte van Hoytema. Música: Ludwig Göransson. Con: Matt Damon, Anne Hathaway, Tom Holland, Robert Pattinson, Charlize Theron, John Leguizamo, Himesh Patel, Lupita Nyong’o, Elliot Page, Samantha Morton, Zendaya. Duración: 172 minutos. Estreno: 16 de julio, en cines.





