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Frustraciones, llantos y, al fin, la gloria. Estas son las marcas que los 6 mundiales dejaron en el rostro de Messi

·Cristian Grosso
Frustraciones, llantos y, al fin, la gloria. Estas son las marcas que los 6 mundiales dejaron en el rostro de Messi

Imagen: La Nación · Ver original

Los hinchas durante años estuvieron buscando al héroe. Lo necesitaban maradoneano y ganador. Lionel Messi casi, casi, cumplía con todo según ese mandato arbitrario. Y Messi ya era único antes de conquistar la Copa América en el Maracaná 2021, pero solo después de ese título vengador dejaron de contarle las costillas. Claro que la entronización popular demandaba un paso más.

Por diferentes razones, las Copas del Mundo le ofrecían un cierre espinoso, traumático. Alemania 2006, Sudáfrica 2010, la final perdida con Alemania en Brasil 2014… Esa dinámica negativa que acompañaba a la selección con la viscosidad de una mancha aceitosa. Pero lo que el genio no se iba a permitir era desertar.

No había necesitado ser gritón ni transgresor, rasgos que tantas veces en la Argentina parecen imprescindibles para trepar a la idolatría. Su personalidad discreta abría la grieta: insulso e inexpresivo para muchos, educado y prudente para otros. Por esa corrección, y la imperdonable falta de títulos con la selección, aquí los corazones permanecieron blindados mucho tiempo. Fue moldeando una personalidad primero huidiza, durante años enigmática, siempre correcta y algo rebelde un tiempo más adelante.

Estaba agazapado. El orgullo espera, da revancha. Justo él, que vivía atrapado por la desproporción entre su ambición y la vitrina llena de polvo. Si Rusia 2018 pareció la daga que le negaría el paso hacia la inmortalidad futbolística, Qatar 2022 llegó con la sabiduría de una reparación histórica. ¿Listo? ¿Misión cumplida? “Ya está”, gritó él mirando a su familia en el centro del estadio Lusail, en Doha. Se mintió, porque escondía algo más, como el mejor mago que siempre se las ingenia para atrapar la atención de su audiencia. ¿Jugar una sexta Copa del Mundo? Nadie lo había hecho. La historia prometía continuar.

ALEMANIAEl mundo quedaba advertidoJosé Pekerman jugaba en la primera de Argentinos y tenía una rutina innegociable: iba a los partidos de las inferiores para verlo a Diego Maradona. Estaba fascinado. Con Lionel Messi, tantos años después, se juró que no le iba a suceder lo mismo que a Menotti en 1978. Para marzo de 2006 ya estaba convencido de llevarlo a su primera Copa del Mundo. El niño terrible envasado en su aspecto angelical crecía en Barcelona y en el mundo. Pero acechaba una trampa: un desgarro en el bíceps femoral de la pierna derecha. Un cono de sombras que nunca terminó de disiparse de cara al Mundial. Estuvo demasiado tiempo inactivo, fueron 79 días sin jugar porque una fibrosis agravó el panorama.Reapareció en los 35 minutos finales de un amistoso de despedida en River y en el túnel lo descubrieron llorando: "¡Soy un desastre, así no puedo jugar!" Elegía azotarse. Mostraba esa condición indispensable para ser el mejor: orgullo.La barba todavía le crecía a su antojo. El acné le recordaba que la adolescencia estaba a la vuelta del almanaque. No participó del debut contra Costa de Marfil. Sí ingresó en el segundo partido, en el fantástico 6 a 0 contra Serbia y Montenegro. Le sirvió el cuarto a Crespo y decoró la goleada con el último tanto. Hubo un gesto en el festejo de Messi que habló por él: un insulto al aire, una descarga de bronca. Gelsenkirchen se clavó en la historia ese 16 de junio de 2006. Con 18 años y 357 días, Leo se transformó en el argentino más joven en un Mundial y en el goleador criollo más precoz.Aquel había sido su instante de esplendor. Fue titular en el tercer encuentro con Holanda e ingresó en el final con México para jugar el suplementario. Llegaron los penales, el papelito de Lehmann y la eliminación con Alemania. Messi se quedó en el banco, con los brazos cruzados y las piernas estiradas. Se desataron mil debates. Al día siguiente, LA NACION lo acompaño a Francfort para tomarse un vuelo y no tuvo ni un reproche con Pekerman. Sí ardía por las críticas que no tardaron en crucificar su actitud distante. "Pareciera que yo no siento nada, que soy de piedra, que no tengo permitido sufrir a mi manera. Nadie sabe cómo quedé hecho mierda... Si es por mí, me quedo a vivir en la selección”. El genio estaba enojado y el mundo advertido. Ya iban a saber de él en los siguientes 20 años.Cristian Grosso, enviado especial

José Pekerman jugaba en la primera de Argentinos y tenía una rutina innegociable: iba a los partidos de las inferiores para verlo a Diego Maradona. Estaba fascinado. Con Lionel Messi, tantos años después, se juró que no le iba a suceder lo mismo que a Menotti en 1978. Para marzo de 2006 ya estaba convencido de llevarlo a su primera Copa del Mundo. El niño terrible envasado en su aspecto angelical crecía en Barcelona y en el mundo. Pero acechaba una trampa: un desgarro en el bíceps femoral de la pierna derecha. Un cono de sombras que nunca terminó de disiparse de cara al Mundial. Estuvo demasiado tiempo inactivo, fueron 79 días sin jugar porque una fibrosis agravó el panorama.Reapareció en los 35 minutos finales de un amistoso de despedida en River y en el túnel lo descubrieron llorando: "¡Soy un desastre, así no puedo jugar!" Elegía azotarse. Mostraba esa condición indispensable para ser el mejor: orgullo.La barba todavía le crecía a su antojo. El acné le recordaba que la adolescencia estaba a la vuelta del almanaque. No participó del debut contra Costa de Marfil. Sí ingresó en el segundo partido, en el fantástico 6 a 0 contra Serbia y Montenegro. Le sirvió el cuarto a Crespo y decoró la goleada con el último tanto. Hubo un gesto en el festejo de Messi que habló por él: un insulto al aire, una descarga de bronca. Gelsenkirchen se clavó en la historia ese 16 de junio de 2006. Con 18 años y 357 días, Leo se transformó en el argentino más joven en un Mundial y en el goleador criollo más precoz.Aquel había sido su instante de esplendor. Fue titular en el tercer encuentro con Holanda e ingresó en el final con México para jugar el suplementario. Llegaron los penales, el papelito de Lehmann y la eliminación con Alemania. Messi se quedó en el banco, con los brazos cruzados y las piernas estiradas. Se desataron mil debates. Al día siguiente, LA NACION lo acompaño a Francfort para tomarse un vuelo y no tuvo ni un reproche con Pekerman. Sí ardía por las críticas que no tardaron en crucificar su actitud distante. "Pareciera que yo no siento nada, que soy de piedra, que no tengo permitido sufrir a mi manera. Nadie sabe cómo quedé hecho mierda... Si es por mí, me quedo a vivir en la selección”. El genio estaba enojado y el mundo advertido. Ya iban a saber de él en los siguientes 20 años.

SUDÁFRICAEl puente no estaba listoDe Diego para Leo. De Leo para Diego. Se acercaban y se alejaban, pero la pelota rodaba siempre hasta el punto exacto de la zurda ajena. Era un espectáculo hipnótico verlos juntos sobre el césped de la Universidad de Pretoria. Maradona y Messi se entregaban a ese jueguito en cada entrenamiento, como si fueran conscientes de que ensayaban la obra cumbre de la argentinidad. El héroe eterno y el portador del legado.Aquella selección que dirigía Maradona era una vela en el viento y sin embargo tenía a un jugador que estaba encima de todo el resto.Maradona se aferraba al prodigio. Cuando estaba con Leo parecía mirarse en un espejo que mostraba el pasado. El pecho inflado, los ojos brillosos, la sonrisa del póster. Un hombre feliz.“Tres a cero con tres de Leo”, me dijo cuando lo crucé el día del debut al bajar del micro en el estadio Ellis Park de Johannesburgo, catedral del rugby sudafricano. Sí al fútbol lo rigiera la lógica hubiera acertado. Argentina le ganó 1-0 a Nigeria, con gol de Heinze. Messi tuvo siete ocasiones clarísimas para marcar, frustradas por un arquero que vivió la tarde de su vida.Fue todo el mes igual: Messi pudo hacer 15 veces el mejor gol del Mundial y siempre se interponía algo. Manos salvadoras, palos, travesaños. Se deslizaba por la cancha entre rivales desparramados. Dos, tres, cinco. Era Diego en el Azteca en una baldosa, pero con la suerte en contra.Lo que él creaba lo aprovecharon Higuaín, Tevez, ¡Palermo! Pasaron Nigeria, Corea, Grecia, México en una estela de euforia colectiva. Maradona alimentaba el desborde emocional. Messi, a sus 23 años, celebraba todavía con timidez. Acaso intuía lo que vendría.Y vino Alemania. Messi lo intentó todo ante un rival que aprovechó cada defecto que le sirvió en bandeja aquella selección fabricada con sueños. Fue 0-4 en cuartos de final.La imagen que perdura es el abrazo de la derrota. Diego, de traje, lo abraza con fuerza y besa en la mejilla a Leo, de brazos caídos, impávido. Cuentan los testigos que en el vestuario el chico lloró sin consuelo. Desasosegado, ante la mirada del viejo ídolo, superado también por la congoja.El cuento más maravilloso de la historia de los mundiales terminó en esas lágrimas de impotencia en Ciudad del Cabo.El puente de la gloria a la gloria todavía no estaba listo.Martín Rodríguez Yebra, enviado especial

De Diego para Leo. De Leo para Diego. Se acercaban y se alejaban, pero la pelota rodaba siempre hasta el punto exacto de la zurda ajena. Era un espectáculo hipnótico verlos juntos sobre el césped de la Universidad de Pretoria. Maradona y Messi se entregaban a ese jueguito en cada entrenamiento, como si fueran conscientes de que ensayaban la obra cumbre de la argentinidad. El héroe eterno y el portador del legado.Aquella selección que dirigía Maradona era una vela en el viento y sin embargo tenía a un jugador que estaba encima de todo el resto.Maradona se aferraba al prodigio. Cuando estaba con Leo parecía mirarse en un espejo que mostraba el pasado. El pecho inflado, los ojos brillosos, la sonrisa del póster. Un hombre feliz.“Tres a cero con tres de Leo”, me dijo cuando lo crucé el día del debut al bajar del micro en el estadio Ellis Park de Johannesburgo, catedral del rugby sudafricano. Sí al fútbol lo rigiera la lógica hubiera acertado. Argentina le ganó 1-0 a Nigeria, con gol de Heinze. Messi tuvo siete ocasiones clarísimas para marcar, frustradas por un arquero que vivió la tarde de su vida.Fue todo el mes igual: Messi pudo hacer 15 veces el mejor gol del Mundial y siempre se interponía algo. Manos salvadoras, palos, travesaños. Se deslizaba por la cancha entre rivales desparramados. Dos, tres, cinco. Era Diego en el Azteca en una baldosa, pero con la suerte en contra.Lo que él creaba lo aprovecharon Higuaín, Tevez, ¡Palermo! Pasaron Nigeria, Corea, Grecia, México en una estela de euforia colectiva. Maradona alimentaba el desborde emocional. Messi, a sus 23 años, celebraba todavía con timidez. Acaso intuía lo que vendría.Y vino Alemania. Messi lo intentó todo ante un rival que aprovechó cada defecto que le sirvió en bandeja aquella selección fabricada con sueños. Fue 0-4 en cuartos de final.La imagen que perdura es el abrazo de la derrota. Diego, de traje, lo abraza con fuerza y besa en la mejilla a Leo, de brazos caídos, impávido. Cuentan los testigos que en el vestuario el chico lloró sin consuelo. Desasosegado, ante la mirada del viejo ídolo, superado también por la congoja.El cuento más maravilloso de la historia de los mundiales terminó en esas lágrimas de impotencia en Ciudad del Cabo.El puente de la gloria a la gloria todavía no estaba listo.

BRASILNi el Balón de Oro fue consueloDespués de haber llevado la cinta de capitán de manera circunstancial en el Mundial anterior, ante Grecia, cuando su timidez no le dio más que para una arenga balbuceante a sus compañeros en el vestuario, Lionel Messi llegó a Brasil 2014 como el capitán formal designado por Alejandro Sabella. Todavía eran épocas en las que Leo daba un paso al frente y asumía más la iniciativa en la cancha que en el vestuario, donde la voz de Javier Mascherano marcaba el rumbo y establecía el tono de la relación en el plantel.Messi había pasado por Sudafrica 2010 sin marcar un gol, una sequía que podía sintetizarse en las milagrosas atajadas del nigeriano Enyeama. En Brasil, la Argentina avanzó en la etapa de grupos con tres triunfos, aunque sin ahorrarse cuotas de sufrimiento y muy necesitada del desequilibrio de Messi, que marcó en el 2-1 a Bosnia Herzegovina, el agónico 1-0 ante Irán y dos en el 3-2 frente a Nigeria. En este último cotejo, LA NACIÓN lo calificó con 10 y dejaba un conceptó a modo de resumen: "La Argentina festejó únicamente por Messi". Se hizo un autorregalo por los 27 años que había cumplido el día anterior. "Hoy la selección dio otra imagen. El grupo está muy metido, con muchas ganas", declaró Messi, ya con los octavos de final a la vista.Una asistencia de Leo a Di María destrabó en el suplementario el cerrado desarrollo contra Suiza para la clasificación a los cuartos de final. Pasó Bélgica (1-0, gol de Higuaín) y la semifinal muy táctica contra Países Bajos, en un 0-0 que condujo a la definición por penales (Messi anotó el primero). La final contra Alemania, en el Maracaná, ocupa un amplio lugar entre los mayores sinsabores de Messi en la selección. Tuvo un rendimiento apagado (cuatro puntos para LA NACION), con una definición que se le fue desviada. No había consuelo, ni siquiera el Balón de Oro al mejor futbolista del Mundial le quitó el semblante sombrío y apesadumbrado. "Significa muy poco, en este momento no me interesa nada. Solo quería llevar la Copa a la Argentina". Siguió perseverando y la recompensa llegó ocho años después.Claudio Mauri, enviado especial

Después de haber llevado la cinta de capitán de manera circunstancial en el Mundial anterior, ante Grecia, cuando su timidez no le dio más que para una arenga balbuceante a sus compañeros en el vestuario, Lionel Messi llegó a Brasil 2014 como el capitán formal designado por Alejandro Sabella. Todavía eran épocas en las que Leo daba un paso al frente y asumía más la iniciativa en la cancha que en el vestuario, donde la voz de Javier Mascherano marcaba el rumbo y establecía el tono de la relación en el plantel.Messi había pasado por Sudafrica 2010 sin marcar un gol, una sequía que podía sintetizarse en las milagrosas atajadas del nigeriano Enyeama. En Brasil, la Argentina avanzó en la etapa de grupos con tres triunfos, aunque sin ahorrarse cuotas de sufrimiento y muy necesitada del desequilibrio de Messi, que marcó en el 2-1 a Bosnia Herzegovina, el agónico 1-0 ante Irán y dos en el 3-2 frente a Nigeria. En este último cotejo, LA NACIÓN lo calificó con 10 y dejaba un conceptó a modo de resumen: "La Argentina festejó únicamente por Messi". Se hizo un autorregalo por los 27 años que había cumplido el día anterior. "Hoy la selección dio otra imagen. El grupo está muy metido, con muchas ganas", declaró Messi, ya con los octavos de final a la vista.Una asistencia de Leo a Di María destrabó en el suplementario el cerrado desarrollo contra Suiza para la clasificación a los cuartos de final. Pasó Bélgica (1-0, gol de Higuaín) y la semifinal muy táctica contra Países Bajos, en un 0-0 que condujo a la definición por penales (Messi anotó el primero). La final contra Alemania, en el Maracaná, ocupa un amplio lugar entre los mayores sinsabores de Messi en la selección. Tuvo un rendimiento apagado (cuatro puntos para LA NACION), con una definición que se le fue desviada. No había consuelo, ni siquiera el Balón de Oro al mejor futbolista del Mundial le quitó el semblante sombrío y apesadumbrado. "Significa muy poco, en este momento no me interesa nada. Solo quería llevar la Copa a la Argentina". Siguió perseverando y la recompensa llegó ocho años después.

RUSIALa edad de oro, su peor MundialLo que empieza mal, acaba mal. El apotegma calza justo en el tortuoso viaje de Messi y la selección por Rusia. El país más grande del mundo fue escenario de la versión más pequeña del capitán en el formato Mundial. Desde antes de arrancar, la pesadez de un plantel lento y pasado de moda conspiró contra la preparación. Y el genio no pudo sobreponerse a un contexto adverso, en el que el desconcertante Jorge Sampaoli tenía un rol central. El mensaje del DT no calaba, su autoridad se desmoronaba y el equipo no cuajaba.Desde el debut, Messi escribió su peor cuento en una Copa del Mundo. Falló un penal ante la debutante Islandia y se desmoronó en Moscú. Pero si eso parecía malo, lo que vendría sería todavía más oscuro: contra Croacia empezó sin cantar el himno, hundido en sus cavilaciones, y fue un alma en pena durante toda la noche, que acabó con un deshonroso 0-3. Porque ya estaba todo roto. Una reunión pedida por los jugadores le marcó la cancha al DT en el búnker de Bronnitsy: Sampaoli ya había entregado la mínima porción de jefe de la expedición que le quedaba. Al borde de la eliminación en primera rueda, un haz de luz se coló en San Petersburgo, hábitat del golazo de Messi a Nigeria y la patriada de Marcos Rojo que salvó la ropa en los minutos finales. Momentáneamente.Pero ni eso pudo torcer el rumbo errante. El equipo no tenía identidad, Messi parecía ido incluso en la intimidad de la concentración, y sus compañeros no tenían armas para salir al rescate de la causa. Francia le dio un baile de autor a la selección en Kazán, apenas disimulado por un arreón final que dibujó un mentiroso 3-4. La eliminación se sellaba con los festejos de Mbappé y la ausencia de Messi en la cancha, que veía cómo sus plenos 31 años veían pasar otra oportunidad de oro. Afuera en octavos. El Mundial, estaba visto, no estaba hecho para él…Andrés Eliceche, enviado especial

Lo que empieza mal, acaba mal. El apotegma calza justo en el tortuoso viaje de Messi y la selección por Rusia. El país más grande del mundo fue escenario de la versión más pequeña del capitán en el formato Mundial. Desde antes de arrancar, la pesadez de un plantel lento y pasado de moda conspiró contra la preparación. Y el genio no pudo sobreponerse a un contexto adverso, en el que el desconcertante Jorge Sampaoli tenía un rol central. El mensaje del DT no calaba, su autoridad se desmoronaba y el equipo no cuajaba.Desde el debut, Messi escribió su peor cuento en una Copa del Mundo. Falló un penal ante la debutante Islandia y se desmoronó en Moscú. Pero si eso parecía malo, lo que vendría sería todavía más oscuro: contra Croacia empezó sin cantar el himno, hundido en sus cavilaciones, y fue un alma en pena durante toda la noche, que acabó con un deshonroso 0-3. Porque ya estaba todo roto. Una reunión pedida por los jugadores le marcó la cancha al DT en el búnker de Bronnitsy: Sampaoli ya había entregado la mínima porción de jefe de la expedición que le quedaba. Al borde de la eliminación en primera rueda, un haz de luz se coló en San Petersburgo, hábitat del golazo de Messi a Nigeria y la patriada de Marcos Rojo que salvó la ropa en los minutos finales. Momentáneamente.Pero ni eso pudo torcer el rumbo errante. El equipo no tenía identidad, Messi parecía ido incluso en la intimidad de la concentración, y sus compañeros no tenían armas para salir al rescate de la causa. Francia le dio un baile de autor a la selección en Kazán, apenas disimulado por un arreón final que dibujó un mentiroso 3-4. La eliminación se sellaba con los festejos de Mbappé y la ausencia de Messi en la cancha, que veía cómo sus plenos 31 años veían pasar otra oportunidad de oro. Afuera en octavos. El Mundial, estaba visto, no estaba hecho para él…

QATARLa sabiduría del momento justoEl cúmulo de vivencias y estados de ánimo que somos los humanos definen nuestros comportamientos. Lionel Messi llegó y se fue de Qatar 2022 en paz. En gran parte del certamen su conducta inspiraba aquella palabra que todos conocemos pero que casi nadie alcanza a entender lo suficiente como para ejercerla: sabiduría.Dos ejemplos orales. Al comenzar y al terminar.1) "Confíen. Este grupo no los va a dejar tirados". Una frase simple para un momento complejo. Una promesa valiente cuando a su alrededor solo había miedo tras perder con Arabia Saudita en el debut. Por primera vez en su vida con la selección transitaba una derrota dolorosa sin sentirse agraviado, menospreciado o sospechado. Ya era un campeón (Copa América 2021), estaba liberado de esas angustias.E incluso cuando sus compañeros perdían la confianza y parecían extraviarse en la inexperiencia, los rescató de la eliminación con ese golazo ante México. El que cambió todo.2) "Ya está, ya está". Nadie lo escuchó. Estaba extrañamente solo en el campo de juego del estadio Lusail de Doha. Le leímos los labios. Fue mirando a su esposa y a sus hijos en la platea. Los que más sufren la exigencia de la alta competencia. Les avisaba que su obsesión había llegado a su fin. Y lo primero que buscó fue sus rostros. No repasó los dos goles en una final contra Francia, no se imaginó levantando el Balón de Oro, ni siquiera quería ver la Copa todavía. Pensó en lo más importante al final de cada día. Los suyos, su familia.Claro que también se equivocó. Messi es muy humano, más allá de las bromas alienígenas con la que lo definen. Supo en el mismo instante que se burló de Louis van Gaal y de los neerlandeses que no estuvo bien. ¿Que hubo provocaciones? También entendió que ni así se justifica. Se arrepintió. Lo dijo: "No me gustó verme así", aceptó.Y para acceder a ese tipo de conocimiento hay que estar en equilibrio espiritual. El Messi de Qatar fue eso: armonía.Juan Manuel Trenado, enviado especial

El cúmulo de vivencias y estados de ánimo que somos los humanos definen nuestros comportamientos. Lionel Messi llegó y se fue de Qatar 2022 en paz. En gran parte del certamen su conducta inspiraba aquella palabra que todos conocemos pero que casi nadie alcanza a entender lo suficiente como para ejercerla: sabiduría.Dos ejemplos orales. Al comenzar y al terminar.1) "Confíen. Este grupo no los va a dejar tirados". Una frase simple para un momento complejo. Una promesa valiente cuando a su alrededor solo había miedo tras perder con Arabia Saudita en el debut. Por primera vez en su vida con la selección transitaba una derrota dolorosa sin sentirse agraviado, menospreciado o sospechado. Ya era un campeón (Copa América 2021), estaba liberado de esas angustias.E incluso cuando sus compañeros perdían la confianza y parecían extraviarse en la inexperiencia, los rescató de la eliminación con ese golazo ante México. El que cambió todo.2) "Ya está, ya está". Nadie lo escuchó. Estaba extrañamente solo en el campo de juego del estadio Lusail de Doha. Le leímos los labios. Fue mirando a su esposa y a sus hijos en la platea. Los que más sufren la exigencia de la alta competencia. Les avisaba que su obsesión había llegado a su fin. Y lo primero que buscó fue sus rostros. No repasó los dos goles en una final contra Francia, no se imaginó levantando el Balón de Oro, ni siquiera quería ver la Copa todavía. Pensó en lo más importante al final de cada día. Los suyos, su familia.Claro que también se equivocó. Messi es muy humano, más allá de las bromas alienígenas con la que lo definen. Supo en el mismo instante que se burló de Louis van Gaal y de los neerlandeses que no estuvo bien. ¿Que hubo provocaciones? También entendió que ni así se justifica. Se arrepintió. Lo dijo: "No me gustó verme así", aceptó.Y para acceder a ese tipo de conocimiento hay que estar en equilibrio espiritual. El Messi de Qatar fue eso: armonía.

EE.UU. · MÉXICO · CANADÁEl capitán de los milagrosEl Mundial de los récords y de la vigencia para sustentar la teoría del mejor jugador de todos los tiempos. El de la leyenda viva. Lionel Messi jugó en el verano estadounidense de 2026 un fútbol exquisito para quedar colgado del póster. Su actuación en su última Copa del Mundo quedará marcada como el cierre de una carrera excepcional. Mientras el planeta lo miraba de reojo, aquí se convirtió en máximo goleador en la historia de los Mundiales y guió a la selección a su segunda final consecutiva. A los 39 años, muchos dudaban de su estado físico y su rendimiento futbolístico. Y el rosarino respondió en la cancha haciendo lo que mejor sabe: jugar la pelota..Ya avisó desde el primer partido contra Argelia en Kansas City. Allí coronó una de sus noches más brillantes ante los ojos del mundo con un inolvidable hat trick. El capitán marcó durante los primeros cinco partidos y fue clave en las históricas remontadas ante Egipto e Inglaterra..En esa semifinal que ya quedó en la historia, Messi se vistió de Maradona. Cuarenta años después del “Gol del siglo” en el estadio Azteca, Messi ganó el “Partido del siglo”. Si algo le faltaba al capitán de esta selección de los milagros para completar su legendario ciclo era pasar la prueba más exigente. Porque se enfrentaba a varios obstáculos: una selección rival que en la previa se había planteado como favorita, especialmente por el funcionamiento del equipo de Scaloni, al que le costó sangre, sudor y lágrimas sortear a Cabo Verde, Egipto y Suiza. En su mejor partido de la Copa del Mundo más larga de la historia, la selección siguió sumando hitos con su capitán como estandarte.Cuando parecía que su carrera había cerrado un plan perfecto en Qatar, el líder de este grupo inolvidable ganó una Copa América con su amada selección en 2024. Y cuando hasta él mismo puso en duda su participación en esta Copa del Mundo 2026, pasó al frente de la historia con una de sus mejores versiones futbolísticas. ¿Nueva York será su última escala? Lo responderá su corazón.Federico Águila, enviado especial

El Mundial de los récords y de la vigencia para sustentar la teoría del mejor jugador de todos los tiempos. El de la leyenda viva. Lionel Messi jugó en el verano estadounidense de 2026 un fútbol exquisito para quedar colgado del póster. Su actuación en su última Copa del Mundo quedará marcada como el cierre de una carrera excepcional. Mientras el planeta lo miraba de reojo, aquí se convirtió en máximo goleador en la historia de los Mundiales y guió a la selección a su segunda final consecutiva. A los 39 años, muchos dudaban de su estado físico y su rendimiento futbolístico. Y el rosarino respondió en la cancha haciendo lo que mejor sabe: jugar la pelota..Ya avisó desde el primer partido contra Argelia en Kansas City. Allí coronó una de sus noches más brillantes ante los ojos del mundo con un inolvidable hat trick. El capitán marcó durante los primeros cinco partidos y fue clave en las históricas remontadas ante Egipto e Inglaterra..En esa semifinal que ya quedó en la historia, Messi se vistió de Maradona. Cuarenta años después del “Gol del siglo” en el estadio Azteca, Messi ganó el “Partido del siglo”. Si algo le faltaba al capitán de esta selección de los milagros para completar su legendario ciclo era pasar la prueba más exigente. Porque se enfrentaba a varios obstáculos: una selección rival que en la previa se había planteado como favorita, especialmente por el funcionamiento del equipo de Scaloni, al que le costó sangre, sudor y lágrimas sortear a Cabo Verde, Egipto y Suiza. En su mejor partido de la Copa del Mundo más larga de la historia, la selección siguió sumando hitos con su capitán como estandarte.Cuando parecía que su carrera había cerrado un plan perfecto en Qatar, el líder de este grupo inolvidable ganó una Copa América con su amada selección en 2024. Y cuando hasta él mismo puso en duda su participación en esta Copa del Mundo 2026, pasó al frente de la historia con una de sus mejores versiones futbolísticas. ¿Nueva York será su última escala? Lo responderá su corazón.

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