Un Lacámera en su prime (y una historia de amistad)

Imagen: Clarín · Ver original
Pensar que a Fortunato Lacámera tuvieron que ayudarlo sus amigos de La Boca, con Benito Quinquela Martín a la cabeza, para realizar su primera exposición en 1922. A sus casi 35 años, el artista recién estaba dando sus primeros pasos, luego de tomar clases con Alfredo Lazzari, mientras trabajaba como pintor y decorador de paredes. Había logrado ahorrar algo de dinero, pero cuando falleció su madre tuvo que pagar el entierro y volvió a quedarse en la lona. Entonces sus colegas armaron una reunión para recaudar fondos y llegaron a juntar los 245 pesos que costaba alquilar un local en el Salón Chandler, en la calle Florida.
Más de un siglo después de aquel gesto, si podemos disfrutar por estos días de una nueva exposición de este gigante de la pintura es gracias a otra amistad: el vínculo que construyeron el coleccionista y luego galerista Francisco Traba y el hijo del pintor, Ariel Lacámera. Se conocieron a fines de los años sesenta, cuando la escena artística argentina parecía pasar por otro lado, bastante lejos de La Boca. Pero Traba, que sentía adoración por Lacámera, decidió seguir su instinto y le compró a Ariel algunas obras de su padre. Luego vinieron otras más. Con el tiempo, la relación se transformó en una amistad y Traba terminó representando los intereses de la familia.
A lo largo de los años, entre los dos se ocuparon de reunir, conservar y clasificar un nutrido archivo integrado por manuscritos, documentos, fotografías, muebles y objetos domésticos del maestro boquense. Buena parte de este material puede verse en las salas de la galería, conducida ahora por los hijos de Francisco, Viviana y Gabriel Traba.
Para completar el homenaje, a 75 años del fallecimiento del artista, los Traba acaban de lanzar un libro dedicado a Lacámera que no tiene desperdicio: una edición de lujo de más de 250 páginas, con textos de Rafael Cipollini –otro fan declarado del artista–, diseño de Manuela López Anaya y fotografías de Jorge Miño. Claro que una cosa es el libro y otra muy distinta es poder apreciar a pocos centímetros cada una de estas pinturas: son imágenes tan cercanas, tan humildemente sofisticadas, que dan ganas de quedarse a vivir en la galería y volver a verlas una y otra vez.
Si bien el conjunto de obras abarca distintas épocas –incluyendo algunos paisajes presentados en aquella exposición de 1922, incluso algunos anteriores–, la mayor parte corresponde al mejor momento del artista, en los últimos quince o veinte años de su vida. Un Lacámera en su prime, en dominio absoluto de su técnica y de su tema principal: los interiores de su estudio, que era también su habitación, su rincón íntimo y su laboratorio de investigaciones sobre la luz y el espacio.
Hacia 1930, cuando comienza a trabajar en sus primeros interiores, la paleta del artista es alegre y luminosa, incluso se anima a salir de su balcón para pintar unos paisajes urbanos cargados de ternura, en un estilo algo ingenuo, como un Hopper de La Boca para niños. Pero progresivamente se va advirtiendo un repliegue, el afuera (es decir, el Riachuelo) empieza a ser solo un recorte y los colores se van apagando. El cambio hacia los tonos bajos coincide con el fallecimiento de su esposa Catalina, en 1936, aunque este dato suele pasarse por alto en sus biografías. Entonces se volverá cada vez más para adentro, cada vez más concentrado en lo que está a su alcance. En una de sus obras más maduras –una de esas composiciones de impronta metafísica que quitan el aliento–, las aberturas de madera más célebres del arte argentino aparecen directamente cerradas, y su estudio queda iluminado apenas por la luz tenue que pasa por las rendijas de las persianas.
Es conmovedor poder ver en las salas de la galería los muebles originales del artista, que naturalmente aparecen en cada una de sus pinturas. Un sillón bajo, un banquito, la famosa mesa de una pata en la que Don Fortunato apoyaba peras o manzanas a contraluz y se mandaba unos bodegones minimalistas, inolvidables, imposibles de copiar (cosa que algunas casas de subastas, a esta altura, ya deberían saber).
También están ahí los objetos de uso diario, el cenicero de latón con las iniciales FL, sus pipas, el caballito de madera de su hijo, los libros que publicaban sus amigos, la copa larga azul que usaba como florero. Las naturalezas muertas protagonizadas por todos estos elementos, casi siempre agrupados en algún rincón del estudio o junto a la ventana, hablan más de la intimidad y de los sentimientos del artista que cualquier autorretrato. “Lacámera no pintaba objetos: pintaba afectos, memoria, tiempo retenido”, apunta Cipollini, y da en el blanco.
Como no podía ser de otra manera, las escenas portuarias de La Boca también formaron parte de su repertorio. Lejos del ruido y el humo de las pinturas de Quinquela, en las marinas de Fortunato solo hay botes solitarios amarrados, silenciosos, que construye como ejercicios de contraste y que por momentos parecen composiciones abstractas, geometrizadas, con encuadres rarísimos. Muchos artistas del barrio pintaron el mismo paisaje. Nadie como Lacámera.
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