Mariano Martínez: de Attaque 77 a Alquimia, el recorrido de un músico que eligió cambiar sin nostalgia

Mariano Martinez · Imagen: El País · Ver original
"Es el único momento en el que siento que estoy realmente viviendo el presente”, dice Mariano Martínez. Y no habla de un escenario ni del aplauso de miles de personas, sino de un instante mucho más íntimo y silencioso: sentarse entre guitarras, vinilos e instrumentos, dejar que aparezca una melodía y perder la noción del tiempo. A los 55 años, después de casi cuatro décadas de carrera, esa sigue siendo la razón por la que hace música.
Es esa forma de entender lo que hace, más cercana al juego que al oficio y más ligada al proceso que al resultado, la que llevará nuevamente al escenario el próximo 31 de agosto. Junto a Alejandro Spuntone y Guzmán Mendaro, presentará Alquimia, un espectáculo que reúne canciones de distintas etapas de sus carreras y que tendrá como invitada especial a Valeria Lynch. La función, en el Auditorio del Sodre, será a beneficio de Fundación Cimientos Uruguay, organización dedicada a acompañar las trayectorias educativas de adolescentes. El repertorio recorrerá clásicos de Attaque 77, composiciones de su fase solista y versiones compartidas con sus compañeros de escenario.
Detrás de esas canciones, sin embargo, hay un recorrido bastante menos lineal de lo que suele suponerse cuando se piensa en uno de las figuras clave del punk rock argentino.
Antes de Attaque 77, de hits como “Arranca corazones”, antes de los estadios y las giras, estaba un niño que improvisaba baterías con los utensilios de la cocina mientras sonaban los Beatles. Más tarde llegaron los discos heredados de un tío melómano, Hendrix, Clapton y una fascinación casi obsesiva por la guitarra eléctrica. “Yo, en realidad, lo primero que quise era ser un guitarrista de blues”, recuerda Mariano en charla con Domingo.
Después apareció un programa de radio que terminaría cambiándolo todo. En las noches de sábado, El Tren Fantasma escapaba a la programación convencional y mezclaba géneros que difícilmente sonaban en las FM de la época. Una noche irrumpieron Ramones, Sex Pistols y The Clash y aquellas canciones reorganizaron el mapa. “Pasó algo. Fue a partir de ahí que sentí la urgencia de tener una banda”, rememora.
Attaque 77 nació cuando Mariano tenía apenas 16 años. Lo que vino después ocurrió demasiado rápido, incluso para quienes lo protagonizaron. Dos años más tarde el grupo ya gozaba de una visibilidad inesperada y, antes de cumplir 20, el segundo disco los había convertido en uno de los fenómenos del rock argentino de los 90.
La velocidad del éxito también tuvo su contracara. Con el reconocimiento aparecieron las expectativas ajenas, la presión por repetir fórmulas y el desafío de crecer como músico sin quedar atrapado en aquello que el público esperaba escuchar. Él reconoce hoy que buena parte de su madurez consistió en aprender a desprenderse de esos condicionamientos.
El caso paradigmático fue “Hacelo por mí”. Convertida en un himno generacional, la canción abrió puertas, pero también instaló una exigencia de volver a escribir otra igual. Con los años entendió que ese camino no era el suyo. “La mejor música que puedo hacer es la que me sale desde un lugar genuino”, anota.
La afirmación adquiere todavía más sentido al recordar uno de los mayores puntos de inflexión de su carrera. Después de más de tres décadas, Attaque 77 dejó de tocar. Para un músico que había pasado prácticamente toda su vida dentro de la misma banda, la pregunta era inevitable: ¿qué sigue?
“Empecé a preguntarme qué tenía que hacer ahora, si algo parecido a Attaque 77 o algo completamente distinto. Finalmente, todos esos miedos, traumas o cuestionamientos desaparecen en el momento en que entro en la frecuencia de sentarme con mis cosas. Aparece una melodía, un ritmo y empiezo a jugar con eso”, cuenta.
Ese regreso también coincidió con la decisión de instalarse en las sierras de Córdoba y dividir parte de su tiempo con Piriápolis. Dos lugares tranquilos donde el ritmo parece favorecer la escucha, la composición y una rutina alejada del vértigo de las grandes ciudades.
Su vínculo con Uruguay excede largamente la residencia ocasional. En los últimos años se volvió una presencia frecuente en escenarios locales y encontró en Montevideo otra pasión paralela: las disquerías. Las visita cada vez que puede, conoce a los vendedores y disfruta de esa búsqueda paciente que considera parte inseparable de escuchar música.
La defensa del álbum como experiencia completa no convive, sin embargo, con un discurso nostálgico. Martínez observa con curiosidad el presente de la industria y evita caer en la idea de que todo tiempo pasado fue mejor.
“Se agregaron un montón de herramientas que está bueno poder usar. No soy precisamente de los que dicen ‘antes era mejor’, ‘antes se escuchaba bien’, ‘antes la gente escuchaba’. Me gustan las nuevas herramientas y me gustan los nuevos artistas. Mi hijo más chico me muestra música y me sorprendo, me interesa, me gusta cómo producen”, dice quien encuentra en artistas como Milo J o Trueno una curiosidad que le resulta familiar. Atrás quedaron las épocas en las que las fronteras entre los géneros parecían más rígidas. Hoy celebra que los músicos jóvenes mezclen folclore, candombe, rock o rap con absoluta naturalidad.
“Me gusta que los artistas nuevos estén mirando para atrás y hagan su propia ensalada de influencias”, dice. Esa apertura también atraviesa desde hace años su propia vida artística. La relación con Valeria Lynch, su pareja desde hace ocho años, terminó por ampliar todavía más ese universo de influencias. Provenientes de tradiciones musicales distintas, encontraron en esas diferencias un espacio de aprendizaje mutuo.
“Valeria es una artista enorme. Desde el primer momento, verla trabajar en el estudio fue un aprendizaje. Te enseña desde la humildad, porque ella también es aprendiz. Imaginate que con toda la trayectoria que tiene, toma clases de canto. A partir de eso empecé a tomar clases de canto yo también”, comenta. “Y después está la apertura que tiene para cruzar límites, le gusta arriesgarse artísticamente, entonces desde el primer momento se convirtió en una maestra en muchos aspectos. La observo en su manera de interpretar y hay muchas cosas que voy aprendiendo y adaptando a mis formas. Son muchas las cosas que aprendo de ella, además de como artista, por supuesto como persona, es muy positiva y por eso es una persona tan querida por todos”.
—Hablaste de cómo tu relación con la música fue cambiando con el tiempo. ¿También cambió la relación con el éxito? ¿Cómo lo entendés hoy?
—Sí. El éxito comercial, siendo chico, me provocaba un poco de rebeldía. A veces uno busca, y más ahora en estos tiempos, la reacción inmediata. Yo siento que no necesito esa reacción inmediata. Creo que la música que pueda hacer desde mi lugar es dejarla ahí. Hay gente que la va a escuchar hoy, otra la semana que viene o el año que viene. Que quede ahí para el que necesite cruzarse con eso. Pero lo que sí estoy seguro es de que la música tiene que tener algo. Por eso hay cosas que van por fuera o por veredas distintas de la industria.
—Supongo que también hay un desafío en no quedar atrapado en una versión, en no convertirse en una caricatura de si mismo. ¿Eso te preocupó en algún momento?
—Eso es impresionante. Hay personas que quedan muy aferradas a determinados momentos de su vida y terminan convirtiéndose en una caricatura de sí mismas, exactamente como lo decís. A mí me da un poco de terror que me pase. Qué sé yo, sigo siendo un músico de rock, pero el rock también envejeció. Ahí están los Rolling Stones, por ejemplo. Y, si hablamos de envejecer o de mantenerse joven, conozco mucha gente más chica que yo que tiene una actitud de vejez.
Supongo que a todos nos preocupa o nos genera ansiedad el paso del tiempo; es una cuestión existencial. Pero, por eso mismo, admiro tanto a Valeria: tiene una actitud profundamente joven. Hay personas que son jóvenes toda la vida, y ojalá yo pueda lograr eso también. Además, tengo el privilegio de dedicarme a lo que soñé desde chico. Cerraba los ojos y me imaginaba haciendo esto y ese sueño se volvió realidad. Entonces, a la edad que tengo, después de tantos años de camino, solo puedo decir gracias. Eso me hace ser quien soy, una persona agradecida, contenta, feliz. Y probablemente eso también tenga que ver con mantenerse joven. Sentirse realizado, sentir que uno está viviendo en plenitud, seguir disfrutando de lo que hace. Creo que eso influye mucho más que la edad. Mientras uno pueda seguir jugando a lo que le gusta, de alguna manera sigue siendo joven.
—Para quien todavía no vio Alquimia, ¿con qué se va a encontrar el 31 de agosto?
—Alquimia es abrir los oídos y respirar estas canciones de las distintas épocas de cada uno de nosotros tres. Canciones de Ataque 77, de cuando yo era chico; canciones muy exitosas, otras un poco más ocultas; algunas nuevas de mi etapa como solista, que reversionamos con el trío; canciones del dúo Spuntone y Mendaro, que también reversionamos. Hay una ensalada de cosas de ayer y de hoy llevadas a este formato de tres voces cantando a la vez, que es hermoso. Estos shows siempre terminan con los tres abrazados en el centro del escenario. Así que, para todo el que esté receptivo a vivir esa experiencia real de escuchar música y dejar que eso le entre por los poros, me parece que es el lugar indicado.
Después de cuatro décadas de carrera, Mariano Martínez parece haber encontrado una forma bastante simple de medir las cosas. Si una canción todavía le despierta curiosidad, alcanza. Todo lo demás —la fama, los discos de oro, los himnos generacionales, las giras— quedó orbitando alrededor de esa certeza.





