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¿Plaga o habitante legítima? Las cotorras se adaptaron, coparon la ciudad y generan fricciones

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Antes de que Buenos Aires fuera Buenos Aires, la cotorra ya sobrevolaba la costa del Río de la Plata. Era el único loro nativo de la región y construía sus nidos en árboles bajos, donde depredadores como la comadreja, la culebra o el gato montés llegaban sin dificultad y se comían los huevos o los pichones. Ese equilibrio mantuvo sus poblaciones bajo control durante siglos. Rodrigo Fariña, coordinador del proyecto Bosque Atlántico de Aves Argentinas, lo dice con claridad: esos nidos de palitos estaban antes de la llegada de los europeos y son parte de la identidad visual y natural de la región.
Lo que cambió no fue el ave sino el escenario. La expansión agrícola y la llegada de árboles exóticos alteraron radicalmente las condiciones en las que la cotorra argentina, Myiopsitta monachus, vive y se reproduce. Hoy es una especie que genera debates encendidos: ¿plaga o habitante legítima?, ¿problema para controlar o vecina para convivir? Las preguntas no son solo argentinas. Llevada como mascota a distintos rincones del mundo, la cotorra escapó, se reprodujo y se estableció en Europa, América del Norte y otros puntos del hemisferio. Lo que acá es nativo, allá es exótico.
Distribución geográfica de la cotorra en el mundo
La cotorra es la única especie de loro que construye sus propios nidos con ramas en lugar de usar huecos en los árboles. Esas estructuras son comunales: varias parejas comparten una misma masa de palitos entretejidos, cada una con su propia entrada, en construcciones que pueden alcanzar los doscientos kilos de peso. Mientras esos nidos se levantaron en los montes bajos de la pampa, los depredadores podían alcanzarlos. El eucalipto clausuró esa posibilidad.
Este árbol no llegó a la Argentina por casualidad. En 1858, Sarmiento recibió semillas de Eucalyptus globulus traídas de Australia y se las entregó a un estanciero para que las cultivara. La lógica era sanitaria: Buenos Aires era entonces una ciudad acechada por la fiebre amarilla y el paludismo, enfermedades asociadas a los charcos y humedales de la llanura. El eucalipto prometía absorber cantidades enormes de agua por día, purificar el aire, crecer rápido y casi sin mantenimiento. Entre 1870 y 1875 se realizaron plantaciones masivas para sanear pantanos y dar sombra al territorio.
Probabilidad de detección promedio por provincia entre 2015 y 2025
Germán Roitman, ingeniero agrónomo y docente de la Universidad Nacional de San Luis, traza la cadena de causas: la expansión agrícola vació los montes nativos y los reemplazó con cultivos extensivos que les ofrecieron alimento abundante; los eucaliptos importados les dieron sitios de nidificación inaccesibles para sus enemigos naturales. Antes, en los árboles bajos de la pampa, las cotorras perdían huevos y pichones ante comadrejas y culebras con regularidad. El resultado fue un ciclo reproductivo sin freno: en lo alto de un eucalipto o una torre eléctrica la presión de los depredadores desapareció.
En el ámbito rural, el conflicto tiene una dimensión económica concreta. La cotorra ataca los cultivos en el momento de maduración de los granos. Su expansión también alcanzó los valles frutícolas del norte patagónico.
Por su parte, Lucas Leveau, investigador del CONICET especializado en ecología urbana y docente de la UBA, introduce una advertencia: las cifras son estimaciones. "Lo mejor sería hacer un análisis del daño en nuestro territorio. El problema es que no se sabe cuál es la magnitud real", señala. Los informes del INTA documentan que la especie ataca distintos cultivos, pero sin cuantificar las pérdidas con precisión ni evaluar qué métodos de control serían más eficaces en cada situación.
Nidos en la altura. Los eucaliptos traídos de Australia reemplazaron los árboles donde las cotorras solían nidificar y evitaron así sus depredadores. En lugar de usar huecos en los árboles, estas aves hacen sus propios nidos comunales y con diferentes entradas
La provincia de Buenos Aires la ratificó como ave plaga, pero los métodos disponibles –remoción de nidos, venenos, dispositivos acústicos– son costosos, difíciles de sostener en el tiempo y resistidos por organizaciones ambientalistas que señalan, precisamente, esa ausencia de datos como argumento contra cualquier intervención masiva.
Fabricio Gorleri es biólogo, trabaja para el Laboratorio de Ornitología de la Universidad de Cornell (Estados Unidos) y forma parte del departamento científico de la ONG Aves Argentinas. Gorleri es cauto en el análisis de los datos. Si bien destaca un incremento del 4% en el índice de detección (la variable que se utiliza para medir la cantidad de aves en campo), considera que no se da de manera homogénea en todo el país. Sí se ve un aumento en la región del NOA y en la Patagonia, pero no en la región pampeana.
“Ha tenido un crecimiento exponencial en décadas pasadas cuando aumenta la agricultura en el país, ahí la cotorra se vuelve más abundante. Eso también explica por qué en el noroeste se está viendo más, ya que la agricultura avanzó mucho hacia esa zona. Y la agricultura es un hábitat muy propicio para la especie porque le da alimento gratis, y árboles como el eucalipto o el pino les permiten hacer nidos comunales donde a los depredadores les cuesta llegar”, explica Gorlerli.
Probabilidad de detección de cotorras en los últimos diez años
En la Ciudad de Buenos Aires la cotorra no daña cultivos, pero genera otro tipo de fricciones. Sus nidos se instalan en los puntos más altos disponibles –árboles ornamentales, postes de electricidad, torres de comunicación– y cuando ocupan tendidos eléctricos provocan cortocircuitos y cortes de suministro que requieren intervención constante. A eso se suma el ruido propio de colonias numerosas y muy vocales, fuente frecuente de conflictos vecinales en los barrios de mayor densidad como zona norte. Leveau es cauteloso al respecto: el concepto de plaga implica un perjuicio económico o social verificable y en la ciudad ese umbral todavía no fue medido con rigor. Sin esa medición, dice, cualquier intervención masiva carece de base.
Pero Fariña advierte que el carácter bullicioso de la cotorra y la arquitectura voluminosa de sus nidos podrían generar la impresión de que hay aun más individuos de los que en realidad existen. Se trata de una distorsión perceptiva que complica cualquier diagnóstico: "Son fáciles de ver. Todo esto colabora con la impresión de que hay muchas". Leveau, por su parte, agrega que el color llamativo de la cotorra puede convertir su avistamiento en una experiencia visualmente atractiva. "Puede generar un sentimiento contrario a la molestia", señala.
La paradoja aparece cuando se analiza su relación con otras especies. La cotorra no compite por huecos en los árboles porque no los usa; construye los propios nidos. En el ecosistema muy modificado de Buenos Aires, las otras aves dominantes son la paloma no nativa y el gorrión, dos exóticas invasoras. Desde el punto de vista de la conservación de las nativas, la cotorra estaría del lado correcto.
En la ciudad hay aves rapaces como el gavilán mixto, el halcón, el búho y la lechuza que regulan parcialmente las poblaciones, y las comadrejas o los gatos domésticos pueden llegar a algún nido accesible. Pero ninguno tiene la presión suficiente como para contener a una especie con alta tasa reproductiva, nidos comunales cada vez más inaccesibles y una plasticidad alimentaria notable.
La enciclopedia científica Birds of the World registra una vida organizada con precisión de horario. La cotorra vive en nidos comunales todo el año y sale al alba en pequeñas bandadas que se van sumando a otras en el trayecto hacia las zonas de alimentación. No todo el grupo se queda afuera: cerca del mediodía, uno de cada cinco individuos vuelve al nido y lo anuncia con el parloteo típico de la especie. A las dos de la tarde el ciclo se reinicia y, antes de que caiga el sol, todos están de regreso. En agosto comienza otra lógica: la temporada reproductiva transforma los nidos en el centro de la vida social. El cortejo, la cópula, la defensa del territorio y la crianza de los pichones concentran la actividad hasta febrero.
Probabilidad de detección de cotorras a lo largo de un año
Leveau describe un animal que no se limita a los granos: come brotes, frutos, néctar de flores de eucalipto, conos de ciprés. Cada novedad que descubre un individuo circula por la bandada. "Al estar en grupo se favorece el intercambio de información", dice. Es un animal social con inteligencia colectiva, capaz de diversificar su dieta con gran velocidad.
Roitman agrega un dato que desmonta otro prejuicio habitual: la llegada posterior de calancates y loros habladores al territorio metropolitano no generó ningún desplazamiento. "Estas aves no fueron desplazadas por las cotorras porque tienen otros hábitos y no compiten", sostiene. La cotorra ocupa un nicho propio.
El debate sobre la cotorra es, en el fondo, un debate sobre cómo una sociedad gestiona las consecuencias no deseadas de su propia transformación del territorio. Fue la agriculturización de la pampa, la importación del eucalipto y la expansión urbana lo que convirtió a una especie nativa en problema. Fariña lo resume sin rodeos: es parte de la diversidad natural y cultural de esta región y hay que mirarla desde ahí. Esa posición no niega los daños reales –en los tendidos eléctricos, en los cultivos, en la paciencia de los vecinos–, pero los sitúa donde corresponde: como consecuencia de decisiones que tomamos nosotros. Lo que falta, en todo caso, no es voluntad de control sino algo más básico: saber con precisión qué es lo que hay que controlar y en qué medida.
Mientras los estudios siguen siendo insuficientes y los métodos de control se debaten entre la eficacia y la controversia ambiental, la cotorra sigue con la construcción de sus nidos de palitos en los plátanos de los parques, en las palmeras de las plazas, en los postes que sostienen los cables de la ciudad, en los eucaliptos de las estancias. Verde, ruidosa, adaptable. Y, a su manera, muy nuestra.



