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Un 17 de octubre futbolero con leve toque malvinense

·Pablo Sirvén
Un 17 de octubre futbolero con leve toque malvinense

Imagen: La Nación · Ver original

Después del partido contra Inglaterra, un río de gente bajaba por la avenida Corrientes hacia el Obelisco. Parecía un 17 de octubre, pero sin pretensión de liberar a ningún coronel. Era una multitud mayor que la de 1945, porque también avanzaban otras muchedumbres desde el norte y el sur por la avenida 9 de Julio. Dominaba el celeste y blanco y nadie pronunciaba consigna política alguna ni reclamaba nada. Apenas el juguetón “El que no salta es un inglés” mientras se abrazaban entre desconocidos sin distinción de ideologías.

No los llevó ningún puntero, ni la promesa miserable de una platita o de un sánguche y una coca. No llegaron en micros rentados sino por sus propios medios, con una sonrisa de oreja a oreja. Esto volverá a repetirse hoy si la victoria nos acompaña de nuevo y, cualquiera sea el resultado, cuando la selección regrese a Buenos Aires.

Al kirchnerismo las alegrías populares que le son ajenas, o que no domina, le incomodan profundamente y, siempre que puede, las niega o les baja el precio. Le pasó a Cristina Kirchner cuando siendo presidenta, en 2013, Jorge Bergoglio, al que tanto ella como su marido habían denostado, se convirtió en el jefe universal de la Iglesia Católica. Sin embargo, en aquella ocasión no tardó tanto en darse cuenta de que, en el ánimo popular, aquella noticia era recibida con alborozo y que debía subirse cuanto antes a esa ola, si no quería quedar en un lugar mezquino y deslucido.

No tuvieron los mismos reflejos algunos de sus comunicadores afines durante la gran competencia deportiva planetaria que está por culminar. Descalificaban a los integrantes del seleccionado de “desclasados” por su apoliticidad manifiesta. No les perdonaban que se mostraran tan ajenos a las temáticas recurrentes de los nac&pop.

Siguen resentidos por el desaire al camporista Wado de Pedro cuando en Ezeiza le pasaron por al lado como si fuera invisible al regresar de Qatar con la copa en 2022 y que despreciaran la invitación de Alberto Fernández a saludar desde la Casa Rosada.

Por el contrario, los oficialistas libertarios se abrazaron con todas sus fuerzas a la Scaloneta. El presidente Javier Milei bombardea desde sus intensas redes sociales lo más posible sobre el tema y sale al aire emocionado tras los partidos de la selección por Radio Mitre con uno de sus más fervientes admiradores mediáticos, el relator Gabriel Anello.

En cambio, a sus pares kirchneristas les costó mucho irse arrimando al seleccionado de fútbol que en pocas horas tal vez vuelva a alzar, como hace cuatro años, el trofeo máximo de la FIFA.

La avalancha creciente de felicidad que para la mayoría del pueblo significaron las ininterrumpidas victorias de la selección, y que generan multitudes frescas, nutridas y espontáneas en todo el país, hicieron recular a varios. Así, por ejemplo, Diego Brancatelli tuvo que salir a aclarar que no era “antiselección” después de cansarse de defenestrar a Messi y de amenazarlo con irlo a buscar si su facción vuelve al poder. Cynthia García pasó de hablar de un “mundial de mierda” a soñar con que la alegría que ahora atraviesa a los argentinos “pueda despertar a las sociedades”. Julia Mengolini, que decía: “Me cuesta sentir algo por este mundial”, hizo al aire una cruda autocrítica (“En el ojete me tuve que meter todo eso”) y sintió como “un tercer gol” cuando “cayó del cielo” la sábana con la inscripción “Las Malvinas son argentinas” que varios de los jugadores hicieron suya para disgusto de la FIFA. Al fin los K pudieron mirar con más cariño a los integrantes de la selección. Del otro lado del espectro ideológico, la vicepresidenta Victoria Villarruel prefirió ponernos en aprietos diplomáticos con Inglaterra, mientras Milei silencia su admiración por Margaret Thatcher y confía en recuperar las Malvinas por vía de las negociaciones.

En pocas horas sonará el último silbato del campeonato de la FIFA, pero para los argentinos la final real se jugó el miércoles cuando les ganamos a los ingleses con inusitada carga emotiva y crispación.

Obviamente, las ganas de ganar no se pierden, pero el estado de ánimo ahora es bien distinto. Jugamos contra la Madre Patria, con la que, superada la guerra de la Independencia, tenemos cercanía afectiva por la nutrida inmigración española que pobló nuestro país.

Si bien amamos a Shakespeare, a los Beatles y a los Rolling Stones, con los británicos, en cambio, hemos tenido graves encontronazos: las Invasiones Inglesas, en 1806/07 (que repelimos y ganamos); la Vuelta de Obligado, en 1845, símbolo de soberanía nacional frente a la pretensión anglofrancesa de navegar libremente nuestros ríos y, lo peor de todo, la usurpación de las Malvinas en 1833, que desde entonces es un conflicto abierto. La beligerancia también se coló en las canchas cuando en 1966 nos ganaron 1 a 0 y fue expulsado el capitán del equipo criollo, Antonio Rattín, o cuando en 1986 les ganamos 2 a 1 (con los goles de la “mano de Dios” y del “barrilete cósmico”, de Diego Maradona), tal como volvió a suceder este miércoles al borde, otra vez, de la derrota. Los años terminados en 6 no parecen propicios a los ingleses para enfrentarnos.

La algarabía popular tiene su razón de ser: la selección argentina es humilde, no se embarra con discusiones estériles y cumple la tarea asignada con gran eficiencia. Kirchneristas y libertarios harían bien en imitarla.

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