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Un prócer p´al fermento

·Martín Aguirre

La frase del título se la leímos a Jaime Roos, que aseguraba haberla tomado de un “curda” en la calle, y que le había impactado por lo sofisticado del reclamo verbal a la hora de pedir una moneda para el alcohol. Y se nos vino a la cabeza al escuchar toda esta polémica sobre el plan del gobierno de dar las ayudas sociales en efectivo, y sin pedir nada a cambio.

Sí, la idea es que quienes reciben planes de apoyo económico no tengan que acreditar que mandan a sus hijos a la escuela o a vacunarse. Y que puedan recibirlo en plata “crocante”, a decir de Francella, lo cual evita que la autoridad sepa en qué se gastó. Esto ha generado una ola de críticas a la que el gobierno ha respondido con dos argumentos: que la evidencia muestra que esas contraprestaciones no cambian nada, y que pretender saber en qué gasta ese dinero la gente necesitada es un reflejo “paternalista y de clase”.

Si usted cree que ese comentario vino de Juan Castillo o del senador González... ¡prepárese! Porque fue nada menos que el ministro Oddone. Y agregó que “las políticas públicas brindan bienes y servicios gratuitos a toda la población, pero solo se cuestiona en qué gastan quienes reciben transferencias por pobres”. A este paso, para el fin de mandato Oddone habrá cambiado Punta del Este por Santa Catalina, y sus finos trajes por campera de tartán y matera con “stickers” de Balbis.

A ver... dejando de lado el sarcasmo, hay varios comentarios que surgen de esta polémica.

El primero es que es tan bienvenido como engañoso este empuje de dirigentes del FA por apelar a la “evidencia” como argumento definitivo de todo debate. Hasta no hace mucho, las figuras “de izquierda” acusaban a cualquiera que apelara a datos duros o estudios, de tecnócrata/neoliberal/insolidario. Incluso en el debate por esta misma rendición de cuentas el senador Carballo, dijo que “a mí lo que me interesa es que la gente viva mejor!! Y si el gobierno se tiene que endeudar …a mí me tiene sin cuidado!!”.

Pero además, como suele suceder con las ciencias sociales, la “evidencia” nunca es tan definitiva, y todo depende del corte que se haga para el análisis. Más allá de ver quién hace el estudio, no sea que pase como con aquel de las denuncias falsas...

Puede ser que haya evidencia de que las contrapartidas no hagan que los padres manden más a los hijos a la escuela. Pero ¿qué dice sobre el impacto cultural a largo plazo en la sociedad de regalar plata a cambio de nada? ¿Está estudiado eso?

Incluso sería bueno saber si hay evidencia sobre el efecto de esta decisión en ese ciudadano modesto, que para pagar sus impuestos sacrifica privilegios elitistas como dar un paseo con su familia, mejorar su casa. ¿Le hace confiar más en la efectividad de los planes sociales? ¿O lo inclina a pensar que le sacan plata para que los vagos compren vino? ¿Es bueno esto para la sostenibilidad de las ayudas sociales?

Porque este tipo de argumentos pretendidamente academicistas, parecen tener un sesgo de clase media alta culposa tremendo. Lo que nos lleva al segundo tema de debate en esta cuestión, que es el tono “paternalista y de clase” con que varios dirigentes del FA defienden su decisión.

“Con la panza llena, los pies calzados, 4 ruedas en un garage, calefacción central, techo asegurado y capacidad de ahorro, es fácil transformar dineros en prejuicios”, dijo el diputado Preve. Que seguro vive en un asentamiento, pasa frío, y come salteado.

La apelación al más ridículo argumento ad hominem para el debate público es un defecto demasiado habitual en la dirigencia del Frente Amplio. Como si las condiciones personales de alguien fueran factor relevante a la hora de analizar sus puntos de vista. Que Marx no laburó un día en su vida, y Mussolini era hijo de una maestra y de un obrero.

Lo que estos paladines de la justicia social omiten es que la plata para los planes sociales la pone la gente con gran sacrificio. No parece baladí pedirle a quien la recibe un mínimo a cambio. Y garantías de que la usará para algo que beneficie a todos.

La otra estupidez es eso de que de los pobres queremos saber todo, y de los ricos no sabemos nada. Por ejemplo, si un empresario quiere acogerse a los beneficios de la Comap para invertir en su empresa, tiene que abrir su información y explicar qué va a hacer con esa plata. porque el derecho a saber surge cuando se pide algo al resto. Parece bien simple, a poco que uno se saque las anteojeras ideológicas apolilladas.

Pero acá lo que importa no parece ser el resultado final de nada, sino hacer un discurso que sea música para los oídos de la barra del comité y la facultad. Esa que está caliente por la Santa Fe de 80 lucas, y porque no salió el impuesto a los ricos. Jugando cada uno para su cuadrito está claro que ya no quedan próceres. Y el fermento va a ser cada vez más escaso.

Un prócer p´al fermento | Nación UY