Una derrota que no borra la historia, pero deja cuentas pendientes: Argentina perdió con España y deberá reconstruirse
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NUEVA JERSEY (Enviado especial).- Duele y no solo por la derrota. Duele porque había razones para creer que este equipo podía volver a ser campeón del mundo y terminó quedándose en la puerta de la manera más amarga, en una tarde deslucida, olvidable, superado por España, jugando media hora con un hombre menos y sin patear una sola vez al arco. Duele porque este equipo imaginaba otro final. Tal vez llegar a esta instancia había sido demasiado premio para una selección que atravesó varias instancias a los tumbos, sin encontrar nunca su mejor juego, pero la remontada y el nivel mostrado ante Inglaterra invitaban a pensar que esta historia podía terminar de otra manera.
Duele por la gente. Porque hubo miles de historias alrededor de esta final: hinchas que dejaron lo que no tenían para poder estar y otros tantos que, aun así, no consiguieron entrar y la vieron desde un bar, un fan fest, un departamento o cualquier rincón donde hubiera una pantalla, pero cerca de esta selección que durante tantos años representó como pocas esa manera tan argentina de no darse nunca por vencido y dejar todo hasta el final.
Y duele, sobre todo, porque probablemente haya sido la última oportunidad de Lionel Messi de jugar un Mundial. Nadie puede asegurarlo, pero todo indica que sí. Por eso parte el corazón verlo con el alma partida, con la mirada perdida hacia la tribuna argentina, los ojos llenos de lágrimas, mientras a pocos metros España levantaba el trofeo. Y esa es una espina que llevará tiempo sacar. Porque fue el líder futbolístico de este equipo y en la final terminó atrapado en la misma confusión que el resto: desconectado, desdibujado, sin encontrarle nunca la vuelta a la formidable España de Luis de la Fuente, merecida campeona de un Mundial que ilusionó a Argentina hasta el final, pero que terminó en manos del mejor equipo de la Copa.
Queda la amargura de sentir que este era el momento para seguir escribiendo la historia. Pero España fue demasiado equipo para una Argentina que nunca logró discutirle el dominio y además sufrió golpes difíciles de absorber, como perder por lesión a sus dos zagueros: primero Lisandro Martínez y después Cristian Romero.
También habrá tiempo para discutir a Lionel Scaloni. Mucho se hablará de la exclusión de Leandro Paredes del equipo titular, de los cambios durante el partido -la salida de Rodrigo de Paul, la habitual modificación de los laterales- y del no ingreso de Lautaro Martínez. Pero en la cancha quedó claro que España no se impuso en el juego únicamente por esas decisiones.
Tampoco alcanzó lo de Dibu Martínez. Atajó medio Mundial con un dedo fracturado, mantuvo a Argentina con vida hasta el final, tapó diez pelotas -la más importante, en el último minuto del tiempo regular, un tiro libre de Lamine Yamal-, pero el equipo no pudo salvarlo a él.
El coraje, la valentía y el juego esperanzador que había aparecido frente a Inglaterra no fueron suficientes para ganar otro Mundial.
También queda la tristeza de que el país se haya quedado sin otra postal única, una de esas que consiguen juntar como pocas a los argentinos. La de millones de personas saliendo a las calles y dejando durante unas horas de lado las diferencias para celebrar una alegría que solo la selección le podía regalar. Esta vez no hubo festejo; solo tristeza, lágrimas y una enorme sensación de vacío. Pero también el reconocimiento hacia un grupo que llevó otra vez a Argentina hasta el último partido del Mundial.
En la cancha se vio el partido que se esperaba. España manejó la pelota desde el comienzo y obligó a Argentina a replegarse, lejos del arco rival. La apuesta de Scaloni fue Nicolás González por Paredes, con la idea de encontrar espacios para salir rápido junto a Messi y Julián Álvarez. Pero el plan casi nunca pudo ponerse en práctica.
Ni el viento ni el estado del campo ayudaban, pero el problema era otro. Argentina nunca consiguió respirar con la pelota. Messi recibía rodeado, los ataques se diluían antes de empezar y cada recuperación duraba apenas unos segundos.
Scaloni intentó modificar el rumbo con Paredes por González. Pero el capitán de Boca tampoco logró cambiar la historia: entró impreciso, como el resto del equipo. Con el paso de los minutos, España fue imponiendo cada vez más su juego y Argentina empezó a perder firmeza. Sin Lisandro ni Cuti, la defensa sufrió más de la cuenta. Messi y Julián quedaron demasiado lejos del arco y el equipo terminó corriendo siempre detrás de la pelota.
El quiebre fue la expulsión de Enzo Fernández, bien sancionada por el esloveno Slavko Vinčić. A partir de ahí, Argentina ya solo pensó en resistir. Scaloni armó línea de cinco, sacó a Julián Álvarez y apostó todo a estirar el partido hasta los penales, para volver a poner el destino en las manos de Dibu Martínez.
Así resistió el primer tiempo suplementario, aunque España ya dominaba con claridad. Lamine Yamal encontraba cada vez más espacios por la derecha y las llegadas se repetían una tras otra. El gol terminó cayendo por decantación: un centro que parecía perderse por la línea de fondo encontró a Nico Williams, que le ganó la posición a Nahuel Molina, la bajó al medio y Ferran Torres, recién ingresado, dio el golpe de nocaut.
Ya no había piernas; solo quedaba la ilusión. Messi lo intentó una vez más, pero el equipo ya no tenía respuestas. Giuliano Simeone tuvo el empate, aunque su remate se fue por arriba. Y la apuesta de Otamendi de 9 tampoco funcionó. Esta vez, el milagro no llegó.
Desde 2016 que Argentina no perdía una final, en este estadio, frente a Chile, por la Copa América. Y eso también fue obra de este ciclo, de este cuerpo técnico y de estos jugadores. Pero casi nada salió al revés. Se falló en casi todo, en lo individual y en lo colectivo. Y también en una postura más conservadora de lo habitual, una constante a lo largo de todo el Mundial y una de las cuentas pendientes que Scaloni tendrá de ahora en adelante.
El futuro abrirá preguntas. Es posible que ya no esté Messi, que fue la mitad del equipo en este Mundial. También habrá que ver quiénes continúan, cómo se renueva el grupo y de qué manera Scaloni, de seguir, reconstruye un equipo que llegó hasta la final sin recuperar nunca del todo la identidad que lo había llevado a ganar tanto. Ya habrá tiempo para eso. Ahora solo queda tragar saliva, aceptar la derrota y reconocer al campeón. España fue mejor, no solo en la final, sino también a lo largo del torneo, y bien merecido tiene el título. Argentina se quedó a un paso. Jugó mal cuando más necesitaba jugar bien y pagó el precio. Una derrota, incluso una tan dolorosa como esta, no puede borrar todo lo que hizo este equipo, pero sí echar luz sobre algunas cuestiones a revisar. Porque la selección casi en ningún tramo transmitió la imagen de un campeón, y las finales no premian la historia, sino al que juega mejor ese día.
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