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Una pintora, referente en el escenario cordillerano, suma instalaciones y performances a sus obras

·Andrea Calderón
Una pintora, referente en el escenario cordillerano, suma instalaciones y performances a sus obras

Imagen: La Nación · Ver original

MENDOZA.- Para Cecilia Carreras la casa y el taller donde suceden la vida y la obra es también el nido de procesos y conceptos que revelan su mundo fervoroso, potente y apasionado. Hace cinco años, cuando transitó una nueva mudanza –del pequeño oasis de Chacras de Coria a la Ciudad de Mendoza–, sintió que habría tiempo y espacio para explorar más allá del paisaje construido. La artista visual, referente en el escenario cordillerano desde su primera exposición en 1995, extendió entonces su lenguaje pictórico hacia la gestión cultural, el movimiento del cuerpo y las instalaciones con videos y performances incluidas..

“Siempre estuve conectada con la expresión y el color, y cuando llegué a Mendoza fueron importantes los encuentros con la artista y docente Eliana Molinelli, escultora monumental y docente de la UNCuyo. Creo que hay muchas Cecilias en mí desde el comienzo: una más potente, oscura, de seres híbridos, animales y máscaras, y la otra más liviana, de plantas, flores, pájaros y objetos. Hace un tiempo me permito que aparezcan esas dualidades que tienen mucha carga para mí . No sé qué haría sin el arte con el volcán que llevo adentro, por eso me interesa que la obra circule”, dice la artista porteña a diez años de una exposición significativa en su devenir. En Yo y mi sombra (2016), que presentó en Andes Gallery, Suiza, la artista abordó conceptos filosóficos en los que descubre la mirada analítica de Jung sobre los espejos, la proyección y la naturaleza doble de lo humano.

Una serie reciente de clínicas de obra la llevaron a expresar necesidades más allá de la pintura y el dibujo. Aparecieron otros formatos y soportes, nuevas preguntas sobre la existencia y lo cotidiano, un despliegue de imágenes íntimas e instancias donde el baile se volvió protagonista. De 2022 a esta parte acompañaron de cerca sus trabajos exponentes como Tulio de Sagastizábal, Leila Tschopp, Carolina Rodríguez Pino, Mariana Guerrero y Egar Murillo, quien la llevó a experimentar por fuera de sus propios límites con una “humildad y generosidad poco frecuentes”. También se inscribió en un laboratorio del movimiento con la bailarina y psicoanalista Graciela Conocente y empezó su propio encuentro con el psicoanálisis.

En medio de esta revolución personal, Cecilia Carreras gestionó exposiciones propias y de otros artistas y viajó por el mundo. Nacida y formada en Buenos Aires con Santiago Cogorno, Ary Brizzi o Alicia Scavino, lleva más de treinta años instalada en Mendoza, donde además de pintar a una velocidad intensa, dirige la galería de arte que funciona en su casa: Aristóbula. Abierta al público desde 2021, ha organizado más de 20 muestras con la participación de más de 80 artistas.

En su espacio múltiple, un mandarino en flor y un mural de pájaros reciben al visitante. En su casa de arte trabaja entre pilas de cuadernos, libros, pinturas y materiales, y la sala donde se exhiben las obras de quienes invita a exponer. Otros dos ambientes sirven para el guardado de la punturas en gran formato, que en 2025 presentó en la Casa Nacional del Bicentenario con Habitar la piel y que dejó indicios para la exhibición de tres pisos Desbordes, en el Museo Carlos Alonso, en 2026.

“Para mí tiene mucho significado el lugar donde trabajo, sobre todo por las dimensiones que manejo, y este espacio ha sido una transformación en todo sentido, un gran cambio en lo personal. En este último tiempo me interesa especialmente el tema del montaje, la instalación, la performance y pienso en el recorrido y la disposición desde el principio. Me gusta la tela pero también el papel, los cartones, los carteles publicitarios y lo que encuentro, atenta a lo que sucede y me rodea, una enseñanza que me quedó del querido Egar Murillo”, resume desde su mesa repleta de acrílicos, pinceles, lápices y pasteles al óleo.

En sus libretas de distintas épocas apunta pensamientos, sueños y palabras que combina con bocetos y dibujos. Aún recuerda como trascendente el gesto de su profesor de dibujo en la primaria de la Escuela Guatemala, en Caballito, que le pidió a su madre fomentar su formación artística. Ese mensaje la llevó luego a la Escuela de Bellas Artes Manuel Belgrano y, más tarde, a la Prilidiano Pueyrredón. Tras una formación intensiva la vida de Cecilia tomó nuevo rumbo en Mendoza, siempre permeable al arte y comprometida con la crianza de sus tres hijos, Nicolás, Marina y Paula.

“Es difícil saber qué viene después de una exposición tan grande y aunque por lo general soy muy activa, de mucha producción, me permito parar un poco para reflexionar”, comenta.

El plan por delante es bastante ambicioso y se llamará La casa de al lado, porque precisamente tiene que ver con la vivienda contigua a la suya, que compró en 2025 y espera transformarla en un centro cultural en la Ciudad de Mendoza: “La idea es realizar clínicas de obra, conversatorios, obras de teatro, residencias, formaciones y tener allí también mi taller abierto, con una tienda de arte incluida”.

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