"Tengo 44 años y me he dado cuenta de que los hábitos que mantienen mi vida en orden son los aburridos que tenían mis padres de la generación del baby boom, y los que se están desmoronando son los modernos que yo estaba seguro de que eran mejores"

Imagen: Clarín · Ver original
"Tengo 44 años y me he dado cuenta de que los hábitos que mantienen mi vida en orden son los aburridos que tenían mis padres de la generación del baby boom, y los que se están desmoronando son los modernos que yo estaba seguro de que eran mejores". Esta es la contundente conclusión a la que llegó un hombre en el repaso de sus rutinas cotidianas, y después de compararlas con las que presenció en sus tiempos de crianza.
Durante años observó como señales de conformismo las formas tradicionales de organizar la vida que vio en sus padres. Por eso, ya de adulto, apostó por rutina marcada por la tecnología, la disponibilidad permanente y la búsqueda constante de aprovechar cada minuto.
Pero con el paso del tiempo descubrió que muchas de esas prácticas que fue incorporando no le daban el equilibrio que esperaba. En contraste, varias de las costumbres que veía como aburridas terminaron aportándole estabilidad.
En la reconstrucción del tiempo que compartió con sus progenitores, estuvo en un esquema de horarios relativamente fijos para levantarse, comer y acostarse, incluso los fines de semana. Cuando se independizó, él modificó esos parámetros: alternaba jornadas extensas de trabajo con noches de poco descanso y horarios variables.
Sin embargo, con el tiempo comprobó que la regularidad que observó durante años favorecía su bienestar físico y mental. Dormir a la misma hora y mantener una rutina diaria redujo la sensación permanente de cansancio que arrastraba desde hacía años. Y aplicó dicho cambio.
Por otro lado, durante mucho tiempo priorizó aplicaciones de delivery y comidas rápidas porque las asociaba con practicidad. Sin embargo, descubrió que cocinar con mayor frecuencia no solo resultaba más económico, sino que también le permitía alimentarse mejor y organizar el resto de la semana con menos improvisación.
El autor también reconoce que la conexión tecnológica permanente derivó en en una fuente constante de distracción. Tener el teléfono siempre al alcance, responder mensajes de trabajo fuera de horario y revisar redes sociales de manera compulsiva generaban una sensación de agotamiento difícil de identificar.
Por ello estableció momentos del día sin pantallas (televisión, teléfono, computadora) y evitó revisar notificaciones en el celular durante la noche. Según explica, esos pequeños cambios mejoraron su concentración y le permitieron recuperar espacios de descanso que antes estaban ocupados por el celular.
La experiencia también lo llevó a revisar la idea de que la productividad debía ocupar cada momento libre. Sus padres dedicaban tiempo a caminar, conversar con vecinos o realizar tareas domésticas sin buscar un beneficio inmediato. Él consideraba que esas actividades eran una pérdida de tiempo.
Hoy sostiene que esos espacios cumplen una función importante porque permiten bajar el ritmo y sostener una rutina más equilibrada. Del mismo modo, reconoce que mantener vínculos cara a cara requiere un esfuerzo que muchas veces las comunicaciones digitales no reemplazan.
Lejos de plantear un regreso al pasado, el autor aclara que no se trata de rechazar la tecnología ni las herramientas actuales. Su reflexión apunta a reconocer que algunas prácticas heredadas conservan vigencia porque ayudan a ordenar la vida cotidiana.
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