"Tengo 39 años. Y aquí estoy, soltera, intentando averiguar en qué momento ser estratégica sobre quién era dejó de ser inteligente y se convirtió en el problema"

Imagen: Clarín · Ver original
"Tengo 39 años, estoy soltera y me doy cuenta de que terminé exactamente en el lugar que intentaba evitar: sola". Con esa frase, una mujer decidió poner en palabras una sensación que la acompañó durante gran parte de su vida adulta: la de haber hecho todo "correctamente" para ser elegida en una relación y, aun así, no haber encontrado el vínculo que buscaba.
Su reflexión, publicada en el sitio especializado en relaciones y bienestar emocional Bolde, expone un fenómeno tan silencioso como común: la tendencia de muchas personas, especialmente mujeres, a modificar aspectos de su personalidad para resultar más fáciles de amar.
Lejos de un reproche hacia sus exparejas o de un lamento por la soltería, el relato es una revisión profunda de las pequeñas renuncias que fue haciendo con el tiempo y de cómo esas concesiones terminaron alejándola de sí misma.
La autora recuerda que desde muy joven aprendió a suavizar ciertas partes de su personalidad. En las citas evitaba expresar algunas opiniones, se mostraba más complaciente y prefería no generar conflictos.
"Pasé años haciéndome más fácil de amar, y no funcionó", admite al recordar que construyó una versión de sí misma más amable, menos desafiante y aparentemente más sencilla para convivir.
El problema apareció con el tiempo. Esa versión "editada" funcionaba en las primeras etapas de las relaciones, pero eventualmente su verdadera personalidad terminaba emergiendo.
La reflexión que más la impactó llegó al darse cuenta de que no estaba intentando ser amada, sino ser elegida. "No estaba tratando de que me quisieran; estaba tratando de que me eligieran. Y esas dos cosas no son lo mismo", escribió.
Durante años interpretó el interés romántico como una validación personal. Si alguien la elegía, sentía que había hecho las cosas bien. Si una relación terminaba, asumía que había algo en ella que debía corregir.
Esa lógica la llevó a convertir las decisiones de otras personas en un medidor de su propia valía y a silenciar las partes más auténticas de su personalidad.
También descubrió que las características que más había escondido no eran sus defectos, sino precisamente aquellas que la definían:
"Me concentré tanto en no ser demasiado que terminé siendo insuficiente", reflexiona en uno de los pasajes más contundentes de su testimonio.
Uno de los aprendizajes más importantes que comparte es que existe una gran diferencia entre hacer espacio para otra persona y desaparecer dentro de ese espacio.
Durante años, explica, se volvió experta en leer lo que otros necesitaban y adaptarse a ello: ser sencilla, comprensiva, poco demandante o especialmente cuidadosa con las emociones ajenas.
Su conclusión es contundente: "Reducirse para evitar el rechazo no te protege de la soledad; solo cambia la forma que esa soledad adopta".
Porque, al final, la soledad no siempre aparece cuando no hay nadie al lado. A veces también surge cuando una persona pasa demasiado tiempo interpretando un papel y se da cuenta de que nadie llegó a conocer su verdadera versión.
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