Argentina vs. España. La mejor delantera enfrenta a la mejor defensa en una batalla táctica entre dos equipos espejados

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Argentina y España no sólo son justos finalistas por lo que hicieron a lo largo del torneo: también reflejan una transformación más amplia del juego y, en particular, de los Mundiales. Hace ya una eternidad (cuando terminaba la primera fecha de la fase de grupos) señalábamos que el fútbol se había vuelto cada vez más asociativo: hay más pases, las secuencias son más largas y se remata menos. Sin embargo, la mayor precisión permite que el promedio de gol se mantenga. Adalides de la tenencia, Argentina y España encontraron en las áreas el salto de calidad que las llevó hasta la final. La selección de Scaloni lo hizo a partir de la eficacia: marcó 19 goles y superó con claridad lo que sugerían tanto su volumen de remates como la calidad de sus ocasiones. Medido cada 90 minutos, para que los alargues no alteren la comparación, el equipo argentino produjo menos disparos que España (14,6 contra 17,1) y apenas menos goles esperados (1,87 contra 1,91). Sin embargo, marcó seis goles más. Los goles esperados, o xG, como aparecerán en la transmisión, estiman la probabilidad de que cada remate termine en gol a partir de variables como la ubicación, el tipo de asistencia y la forma de definición. La suma de esas probabilidades ofrece una suerte de resultado probable resumido a lo que generen los disparos. Si en la fase de grupos el problema era que Messi monopolizaba los goles, con el correr del torneo aparecieron tantos desde las tres líneas. Casi todos los que tuvieron ocasiones claras terminaron convirtiendo. La excepción, por ahora, es Nico González: acumula 7 remates y 0.8 goles esperados (máximos para un jugador argentino que no anotó), merodea, está cerca, le queda el mejor partido para sacarse la mufa.
El tamaño de la circunferencia representa la cantidad de goles.
España y Argentina generan un volumen ofensivo muy parecido. España promedia 17,1 remates por partido frente a 14,6 de Argentina, y ambos equipos registran prácticamente los mismos goles esperados (la probabilidad de que un disparo termine en gol): 1,91 y 1,87, respectivamente. Sin embargo, la diferencia está en la definición: Argentina convirtió 19 goles, casi un 50% más que los 13 de España.
Los números defensivos de ambos equipos también son parecidos: España recibió 6,3 remates por partido y Argentina 7,1, con valores de xG en contra también cercanos (0,30 y 0,52). Sin embargo, España recibió un solo gol en todo el torneo, mientras que Argentina, siete. La selección española fue mucho más eficaz a la hora de evitar que las llegadas rivales terminaran en gol.
España lleva años asociada a la posesión. A veces, esa identidad se traduce en impotencia y pases cortos, como ante Cabo Verde. Otras, en actuaciones dominantes que reducen a rivales de élite, como Francia. El énfasis puesto en su relación con la pelota fue tan grande que casi no se habló de su rendimiento sin ella: la Roja construyó la mejor defensa del torneo. España recibió un solo gol en su camino a la final, el mismo registro con el que Alemania llegó al partido decisivo de 2002, aunque con un encuentro menos. En aquel Mundial nefasto para nosotros, Oliver Kahn fue tan determinante que recibió el premio al mejor jugador del torneo antes de que terminara la competencia. Después, se mandó un blopper que Brasil no le perdonó. El arquero alemán había llegado a la final tras enfrentar 17 remates al arco y con un saldo de 3,5 goles prevenidos (el ratio de goles esperados – concedidos): había evitado mucho más de lo esperable por la calidad de los disparos recibidos. Unai Simón, en cambio, disputará la final después de enfrentar apenas 11 remates al arco, en su mayoría de baja probabilidad, y con un discreto saldo de +0,7 en el mismo indicador. Se habló más de su juego con los pies que de sus atajadas porque España, sencillamente, casi no necesitó que la salvara.
España concede apenas 0,3 goles esperados por partido, y no se trata de una media engañosa, inflada por algún encuentro en el que el rival casi no atacó. La Roja también desactivó al gran cuco del torneo: la Francia de Mbappé y compañía produjo ante España su registro más bajo de goles esperados desde que existen datos detallados de los Mundiales, en 1966. Hay dos malas noticias para Argentina en relación con este indicador. La primera es obvia: tendrá que encontrar la manera de convertirse en el primer equipo que le genera peligro a Unai Simón. La segunda es más incómoda: sus números defensivos están bastante más cerca de los españoles de lo que sugieren los siete goles recibidos. Aun así, salvo en el tramo posterior al gol inglés, cuando la defensa se devoró a Kane y Bellingham, la Albiceleste nunca dejó de dar cierta sensación de exposición. En cinco de esos siete goles se repite una misma estructura: ataques por uno de los laterales, sobre todo el izquierdo. Después aparece también el azar: que el futbolista que conduce el contraataque gambetee como nunca en su vida, que un rechazo quede corto, como el de Tagliafico, o que nos toque recibir el gol de la historia futbolística de una nación, como ocurrió ante Cabo Verde. La reiteración señala una deuda; la extravagancia de algunas definiciones permite confiar en que no todo volverá a repetirse. A la larga, las probabilidades deberían jugar de nuestro lado. Fuerza en números. Las diferencias en la posesión resultan contraintuitivas: es Argentina, y no España, la que registra las secuencias de pases más largas. El dato está condicionado por el desarrollo de sus partidos, porque la selección de Scaloni pasó más tiempo obligada a buscar el resultado. A medida que avanzó el torneo, también aumentó el tiempo que debió atacar ante bloques bajos: del 6% en promedio durante la fase de grupos al 31% que le concedió Tuchel en la gesta frente a Inglaterra.
España recorrió el camino inverso. Se estancó durante el 40% del partido ante el bloque bajo de Cabo Verde, pero pasó apenas un 4% del encuentro en esa situación frente a Francia. Cuando debió ceder la pelota, además, consiguió limitar las conexiones más peligrosas de los franceses: Olise y Mbappé completaron apenas un pase entre ellos. La Roja pasa bastante más tiempo que Argentina en fases de juego progresivo (14% contra 9%), es decir, en secuencias en las que la pelota supera la posición media del equipo rival mediante un pase que rompe líneas o una conducción. La Scaloneta, en cambio, busca desordenar al rival a través del ritmo: lideró durante todo el torneo el indicador de fast tempo, que identifica fases con cuatro o más pases en menos de seis segundos. Esa aceleración repentina de la circulación le permite cambiar el ritmo dentro de una misma secuencia y mover al bloque rival. En los últimos dos partidos, Argentina involucró más a sus mediocampistas y redujo la circulación entre los centrales. Lisandro y Cuti, la conexión más habitual en los cuatro encuentros que compartieron como titulares, pasaron de intercambiar 29 pases por partido a apenas cinco. Con Paredes como eje, la posesión se instaló más seguido ante el bloque medio rival, donde la circulación rápida puede hacer daño. Un dato para reencontrarse con aquel entrenador del club de barrio: Argentina lidera el fast tempo, pero ocupa el puesto 45 entre las 48 selecciones en sprints por partido. Al final, el profe tenía razón: la pelota siempre corre más rápido.
El hermetismo de Lionel Scaloni impide teorizar con demasiado sustento sobre cómo se plantará ante España, un equipo que ataca por los laterales, justamente donde más le cuesta sostener la posesión a la Albiceleste. Scaloni suele refugiarse en la emoción y el corazón del grupo, como si no advirtiéramos cuánto entiende de cómo se analiza y se juega este deporte. No supimos que Giuliano sería titular hasta una hora antes de la semifinal y descubrimos en el mismo momento que los franceses que le habían encontrado el lugar exacto a Di María en la final de 2022. Pocos equipos entendieron mejor que esta Selección el escenario estadounidense. Argentina convirtió cada partido en un espectáculo; España, en cambio, por momentos aburrió. Pero en el juego no son tan distintas: ambas representan al fútbol de esta época, hecho de posesión, asociaciones y pelota en movimiento. La Scaloneta ya protagonizó una de las grandes finales de la historia de los Mundiales y volvió para contarlo. La vara está altísima, pero hay datos para creer en otro capítulo inolvidable de ese hecho social total al que, por confianza y cariño, llamamos fútbol.





