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"Tengo 68 años y aún puedo sentarme en un porche sin hacer absolutamente nada durante una hora, y ver a mis nietos entrar en pánico después de 90 segundos es la prueba más clara de lo que silenciosamente intercambiamos"

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"Tengo 68 años y aún puedo sentarme en un porche sin hacer absolutamente nada durante una hora, y ver a mis nietos entrar en pánico después de 90 segundos es la prueba más clara de lo que silenciosamente intercambiamos"

Imagen: Clarín · Ver original

Sentarse en un porche, mirar cómo cae la tarde y dejar que la mente divague puede parecer una escena de otra época. Sin embargo, para una mujer jubilada de 68 años, ese pequeño ritual sigue siendo uno de los grandes placeres de la vida. El problema, dice, aparece cuando intenta compartir ese momento con sus nietos.

En un artículo publicado en el sitio Bolde, la mujer contó que puede pasar una hora entera sentada en silencio, sin leer, sin mirar el teléfono y sin esperar nada en particular. En cambio, sus nietos apenas logran aguantar un minuto y medio antes de empezar a inquietarse.

"El pie empieza a moverse, los dedos golpean el apoyabrazos y los ojos buscan algo, cualquier cosa, para entretenerse", relató. Y cuando no encuentran un celular cerca, la expresión en sus rostros "se parece mucho al pánico".

La mujer recuerda que, cuando era niña, el aburrimiento no era considerado un problema que hubiera que resolver.

Los viajes en auto se hacían mirando por la ventana, contando vacas o viendo pasar los postes de luz. Los veranos estaban llenos de tardes interminables en las que simplemente se acostaban sobre el pasto a mirar las nubes o esperaban durante horas a que algún amigo pasara por la puerta de su casa.

Incluso los días de lluvia tenían otro ritmo. Se pasaban adentro con un mazo de cartas, unas revistas viejas o simplemente observando el agua caer por la ventana. "No era mágico. Muchas veces era aburrido. Pero todo ese tiempo vacío estaba haciendo algo en nosotros", reflexionó.

Según explica, esos momentos le permitieron desarrollar la imaginación, resolver problemas en su cabeza y aprender a convivir consigo misma.

Para la abuela, las nuevas generaciones crecen en un entorno completamente distinto. Cada segundo libre está ocupado por una pantalla.

Las filas en un supermercado, un viaje en auto o los cinco minutos antes de la cena son momentos que antes se llenaban con pensamientos o conversaciones y que hoy suelen ser reemplazados por videos, redes sociales o juegos.

"Estas herramientas están diseñadas para que nunca te aburras, ni siquiera por un segundo", señaló. Por eso, cuando sus nietos se encuentran con un momento de silencio, sienten que algo está mal, como si una pantalla se hubiera congelado y hubiera dejado de funcionar.

La mujer deja en claro que no está en contra de la tecnología. Tiene una tablet, utiliza Facebook todos los días y valora las videollamadas que le permitieron mantenerse cerca de su familia.

Sin embargo, le preocupa que muchos niños estén creciendo sin aprender a estar a solas con sus propios pensamientos. Por eso decidió convertir el "no hacer nada" en un juego.

En el porche juegan a descubrir formas de animales en las nubes, hacen concursos para ver quién puede permanecer más tiempo en silencio o simplemente observan cómo cae la noche.

Hace unos días, uno de sus nietos se sentó junto a ella y miró en silencio cómo aparecían las luciérnagas. Después de un rato le dijo algo que la emocionó: "Abuela, esto es bastante lindo".

Ella no respondió. Simplemente se quedó allí, en silencio, disfrutando de ese pequeño instante y pensando que, quizás, todavía estamos a tiempo de recuperar el arte de no hacer nada.

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