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"Mi hija me dijo a los 34 años que nunca sintió que pudiera contarme nada, y lo que me destrozó no fue oírlo, sino darme cuenta de que durante todos esos años en que mantuve mi dolor en privado, pensé que estaba demostrando fortaleza cuando en realidad solo le estaba enseñando que era cerrada"

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"Mi hija me dijo a los 34 años que nunca sintió que pudiera contarme nada, y lo que me destrozó no fue oírlo, sino darme cuenta de que durante todos esos años en que mantuve mi dolor en privado, pensé que estaba demostrando fortaleza cuando en realidad solo le estaba enseñando que era cerrada"

Imagen: Clarín · Ver original

En la vida, muchos momentos ordinarios pueden dejar de serlo cuando algún ser querido revela algo que las otras personas nunca habían escuchado. Una conversación cotidiana entre una madre y su hija se convirtió en un momento de profunda introspección y el puntapié de un cambio en la relación entre ambas. Mientras lavaban los platos, la mamá preguntó por qué no la había llamado durante un período difícil de su vida.

“Mi hija me dijo a los 34 años que nunca sintió que pudiera contarme nada, y lo que me destrozó no fue oírlo, sino darme cuenta de que durante todos esos años que mantuve mi dolor en privado, pensé que estaba demostrando fortaleza cuando en realidad solo le estaba enseñando que era cerrada”, recordó la mujer. Y calificó aquella respuesta como inesperada y dolorosa.

Según ella misma cuenta, su primera reacción fue defenderse y fue así que le recordó cada esfuerzo hecho como madre: las viandas preparadas, las noches de espera, la educación que le brindó y su presencia y contención en los momentos importantes mientras ella crecía.

Sin embargo, la mujer cuenta que al ver su expresión comprendió que su hija no cuestionaba su presencia física, sino que nunca la había percibido como una persona con la que pudiera compartir sus propios sufrimientos. Por eso, ese intercambio llevó a la mujer a replantearse el modelo de fortaleza que había intentado transmitir.

Durante años creyó que ser una buena madre significaba mantenerse firme ante cualquier circunstancia, no pedir ayuda y mostrarse invulnerable frente a sus hijos. Recordó que esa manera de actuar era una enseñanza heredada de su propia madre, quien consideraba que el amor también consistía en ocultar las preocupaciones para no cargar a la familia con ellas.

Con el paso del tiempo identificó varios episodios en los que actuó de esa forma. Cuando falleció su madre, evitó llorar delante de su hija de nueve años y reservó el duelo para la intimidad.

Nuevas investigaciones recopiladas por la Asociación Estadounidense de Psicología (APA) sobre la adultez temprana de las nuevas generaciones también señalan que en muchas ocasiones las figuras parentales también necesitan de atención y apoyo. Es decir, que no es solo lo que se conoce como el dolor del "nido vacío" lo que aqueja a padres y madres cuando deben reconfigurar su relación con los hijos para brindarles mayor independencia.

Más adelante, la mujer narra que atravesó un problema de salud que decidió ocultar hasta conocer el diagnóstico definitivo. Incluso después de la muerte de su esposo, se concentró en organizar el funeral, atender a los familiares y sostener a todos los demás, sin permitirse mostrar el dolor que estaba atravesando.

Recién después de aquella conversación comprendió que los hijos aprenden mucho más de lo que observan que de lo que escuchan. Aunque nunca le dijo explícitamente que debía esconder sus emociones, durante años le mostró exactamente ese comportamiento.

La mujer reconoce que su hija creció siendo fuerte, responsable y capaz de afrontar las crisis, cualidades que durante mucho tiempo celebró. Sin embargo, ahora entiende que esa aparente fortaleza también podía esconder una dificultad para expresar lo que sentía o apoyarse en quienes más la querían. Esa posibilidad es la que más la angustia al mirar hacia atrás.

Consciente de que no puede modificar el pasado, decidió cambiar la manera de relacionarse con su hija ya adulta, entendiendo que todavía estaba a tiempo de fortalecer el vínculo. Le confesó que nunca estuvo tan bien como aparentaba, que atravesó momentos de miedo, tristeza y duelo sin compartirlos, y le pidió perdón por haberle enseñado, sin querer, que las emociones debían permanecer ocultas.

También hizo una promesa para el futuro: dejar de esconder lo que siente. Asegura que, si vuelve a atravesar un momento difícil, hablará de ello y permitirá que su hija vea su vulnerabilidad. No sabe si eso alcanzará para reconstruir la confianza perdida después de tantos años, pero considera que es el único camino posible para empezar a derribar el muro que ella misma ayudó a levantar.

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"Mi hija me dijo a los 34 años que nunca sintió que pudiera contarme nada, y lo que me destrozó no fue oírlo, sino darme cuenta de que durante todos esos años en que mantuve mi dolor en privado, pensé que estaba demostrando fortaleza cuando en realidad solo le estaba enseñando que era cerrada" | Nación UY