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Todo tiempo pasado fue... peor

Juan Pedro Arocena | Montevideo@|Con esto de los mundiales suelen surgir improvisados sociólogos que, desde distintos puntos de vista, correlacionan los éxitos deportivos del pasado con una idiosincrasia nacional diferente a la contemporánea, una que apuntaría al éxito en todos los órdenes. Como si los uruguayos de antaño fueran menos pancistas que los actuales.

La realidad es muy otra. Y si hoy estamos padeciendo el estancamiento económico, el desapego por el esfuerzo, por la tenacidad, por el sacrificio productivo sería muy bueno constatar que es precisamente en esa primera mitad del siglo XX, esa de los campeones mundiales, que se establecieron los fundamentos económicos y culturales que hoy nos mantienen prisioneros de un subdesarrollo endémico.

Siguiendo a Ramón Díaz en su “Historia económica de Uruguay” digamos que el alejamiento del paradigma económico liberal comienza hacia fines del siglo XIX con las leyes proteccionistas de 1875 y 1888. “Ese cambio de rumbo se había acentuado en el período dominado por Batlle y Ordóñez, a través de la intensificación del proteccionismo, la multiplicación de empresas estatales y la inauguración de un proceso pionero para todos los países del mundo en materia de regulación del mercado de trabajo. Sin embargo, es sólo a partir del centenario de la independencia que la política económica se sitúa en franca oposición a los clásicos de la economía, lo que se manifiesta tanto en materia de política monetaria como de política comercial”. (op. cit. p. 279)

Si esa primera mitad del siglo XX generó el “como Uruguay no hay” no se debe a una mayor afición por el trabajo, el éxito y la superación sino al espejismo de prosperidad que generaron las guerras. El primer mundo demandando de manera insaciable nuestra producción de commodities generó en Uruguay una acumulación de reservas incalculables en oro y en libras esterlinas. Mientras ellos estaban empeñados en destruirse, Uruguay jugaba al fútbol. Así cualquiera. “Antes éramos campeones, les íbamos a ganar”, reza una letra de Jaime Roos. Lo que no dice el letrista es que, por la guerra, muchas naciones ni siquiera compitieron y cuando lo hicieron se encontraban en plena reconstrucción.

Y como si esta situación superavitaria no alcanzara, en 1943 comienza el empapelamiento de las cajas de jubilaciones. En síntesis, este proceso consistió en la apropiación por parte del gobierno central de los fondos capitalizados en las cajas provenientes de los aportes de empresas y trabajadores y su pago con papeles de deuda pública no indexada y a tasa fija, cuyo valor fue licuado por la inflación. Es así como uno de los lastres más pesados de nuestras cuentas públicas actuales se genera en esa época de gloriosos campeones. Tener en cuenta que el sistema previsional uruguayo paga pasividades del orden de US$ 8.500 millones anuales, más del 10% del PIB y 2.5 veces el déficit fiscal. Pavadita lo del ojo y lo tenía en la mano. Pero además también en esa primera mitad del siglo pasado se sustituyeron buena parte de los precios de mercado por precios administrados. Para decirlo con palabras de R. Díaz, el país quedó maniatado y la intervención del gobierno en la economía llegó al paroxismo. Corresponde también a esa década del 40 la creación de los Consejos de Salarios y el control de alquileres lo que, en los hechos, resultó una verdadera confiscación de la propiedad inmobiliaria. Entre 1940 y 1950 el derecho laboral fue encorsetando al contrato de trabajo con nuevas exigencias en lo que constituye una verdadera intromisión del Derecho Público en una rama del derecho (la laboral) que pertenece al Derecho Privado. Este extremo está en la base de las enormes dificultades que al empresario de hoy le significa contratar mano de obra. Es también la causa de la proliferación de pymes unipersonales que, lejos de ser un mérito del sistema, no son otra cosa que la elusión a los costos e inflexibilidades que imponen las actuales normas laborales.

La serie de rémoras que el ansiado y postergado desarrollo económico uruguayo arrastra es larga y su génesis se ubica en ese tiempo glorioso de los campeones mundiales. Sin proponérselo, pero con la muy uruguaya propensión al pancismo, esas generaciones no sólo despilfarraron los dividendos de un viento a favor que duró décadas, sino que también sentaron las bases del déficit, el endeudamiento y el estancamiento actuales. La inclinación por cargar el peso del buen pasar presente sobre las espaldas de las generaciones venideras no es un invento de los uruguayos del siglo XXI.

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