Uruguay llegó a su máximo de población en 2020 y desde entonces comenzó a reducirse, de acuerdo con las proyecciones oficiales del Instituto Nacional de Estadística (INE). El cambio no es una hipótesis lejana: ya modifica la cantidad de niños, trabajadores, hogares y personas mayores para las que deben planificarse la educación, la salud, los cuidados, la vivienda y la seguridad social.

El tema quedó en el centro de la Sexta Conferencia Regional sobre Población y Desarrollo de América Latina y el Caribe, inaugurada este martes 18 en Montevideo. El encuentro de CEPAL y los gobiernos de la región continúa hasta el jueves 20 y analizará la baja de la fecundidad, el envejecimiento y las respuestas de política pública con un enfoque de derechos.

De 3,51 millones en 2020 a unos tres millones en 2070

La revisión 2025 del INE estima que Uruguay alcanzó en 2020 un máximo de 3.510.305 habitantes. La proyección baja a unos 3,4 millones en 2045 y a cerca de tres millones en 2070. El cálculo supone un saldo migratorio exterior nulo a largo plazo, por lo que no es un destino inevitable: una inmigración neta sostenida, cambios en la mortalidad o una trayectoria de fecundidad diferente podrían modificar el resultado.

El componente más firme de la tendencia es el crecimiento natural negativo: desde 2021 nacen menos personas de las que mueren. En 2023 la tasa global de fecundidad fue de 1,27 hijos por mujer y el INE proyecta un nivel cercano a 1,2 en 2025 y 2026, muy por debajo del reemplazo generacional. La cantidad de mujeres en edades fértiles también disminuye, de modo que un eventual repunte de la tasa no se traduciría de inmediato en el volumen de nacimientos de décadas anteriores.

La pirámide de edades se está invirtiendo

El Censo 2023 registró que el 19% de la población tenía menos de 15 años y el 16% tenía 65 años o más: aproximadamente un niño por cada persona mayor. En 1908 la relación era de 16 niños por cada mayor de 65. Para 2070, el INE proyecta que las personas de 65 años o más representarán 32,5% de la población, mientras los menores de 15 serán 11,5%. La edad media pasaría de 39 a casi 50 años.

Más personas viviendo solas y hogares más pequeños

La transformación también se ve dentro de las viviendas. El tamaño medio de los hogares cayó de 3,4 personas en 1985 a 2,5 en 2023. Los hogares unipersonales pasaron de 15,1% a 29,2% en el mismo período, y los hogares de dos personas representan otro 29,4%. Este patrón aumenta la necesidad de pensar servicios de proximidad, cuidados y soluciones habitacionales para personas que no cuentan con apoyo cotidiano dentro de su hogar.

El mapa del país tampoco cambiará de manera uniforme

Entre 2024 y 2045, las proyecciones del INE prevén crecimiento de población únicamente en Canelones, Maldonado, San José y Rocha. Montevideo perdería habitantes, aunque el área metropolitana seguirá concentrando buena parte del país. Treinta y Tres, Soriano y Lavalleja aparecen entre los departamentos con descensos destacados. La consecuencia práctica es que escuelas, transporte, policlínicas y vivienda no necesitarán la misma expansión en todo el territorio.

Cuatro decisiones públicas que la demografía obliga a revisar

Educación. Menos nacimientos reducen gradualmente la matrícula potencial, pero no eliminan las brechas territoriales ni la necesidad de mejorar la calidad. El desafío es reasignar infraestructura y personal con datos por localidad, en lugar de asumir una caída uniforme en todo el país.

Trabajo y seguridad social. Una proporción menor de personas en edad activa deberá sostener una población mayor más numerosa. El INE, la OPP y el BPS han señalado que la productividad, la participación laboral y la calidad del empleo serán tan importantes como la discusión sobre las reglas previsionales.

Salud y cuidados. Vivir más años no implica atravesarlos sin dependencia. El programa 2026-2030 del Fondo de Población de las Naciones Unidas plantea fortalecer una “sociedad del cuidado” y usar los datos del Censo 2023 para orientar la protección social, la salud y la educación con enfoque territorial y de género.

Vivienda y ciudades. Más hogares pequeños y más personas mayores viviendo solas cambian la demanda: importan la accesibilidad, el transporte cercano, el tamaño de las soluciones y la disponibilidad de servicios en los barrios. Al mismo tiempo, el crecimiento proyectado de la franja costera metropolitana y esteña exige evitar que la inversión pública quede anclada en un mapa demográfico del pasado.

La baja fecundidad no tiene una explicación única

Las cifras no autorizan a reducir el debate a pedir que nazcan más niños. Las decisiones reproductivas dependen de ingresos, vivienda, empleo, distribución de los cuidados, acceso a servicios y proyectos personales. La conferencia regional y el programa de UNFPA en Uruguay colocan la respuesta dentro de un marco de derechos: crear condiciones para que las personas puedan concretar sus decisiones, al tiempo que el Estado adapta sus políticas a una estructura de población que ya cambió.

Qué datos conviene seguir

Para saber si la trayectoria se modifica habrá que observar cada año los nacimientos y defunciones, la migración neta, la participación laboral por edad y sexo, la cantidad de personas con dependencia y la evolución departamental. También será clave el documento sobre impactos del cambio demográfico que CEPAL presentará este miércoles 19 en Montevideo. Las proyecciones son herramientas para anticipar decisiones, no pronósticos inmutables.